martes, 10 de marzo de 2015

Weird West: Esclavos de la oscuridad Cap. 3




 

Capítulo III

 


Ruben Limes vigilaba la calle a través de la única ventana de la que disponía el bar Dixieland. Esa noche debían tener especial cuidado, por eso el local permanecía cerrado y solo se permitía el acceso a gente de confianza. Estaba particularmente atento a los pocos transeúntes que aún se veían en el exterior, por si se formaba algún grupo o tumulto. Hasta el momento todo estaba tranquilo.

—Relájate un poco, Ruben. No va a haber problemas. Nadie se atreverá a venir, no están tan locos como para querer ganarse la ira de la Orden.

El que hablaba era Roscoe Kimbro, un matón que estaba con la Orden por la impunidad que le brindaba. Estaba muy bien relacionado con los peces gordos de la organización, precisamente por su falta de escrúpulos y porque siempre estaba disponible para cualquier asunto, por muy turbio que fuera este.

—No sé, me parece que no deberíamos habernos reunido hoy.

Marcelus Edwards se unió a la conversación.

—Precisamente hoy es cuando más necesario se hace reunirse. Tenemos que ponernos de acuerdo para que las coartadas sean sólidas.

Marcelus era abogado. No es que fuera rico, pero empezaba a despuntar entre la flor y nata de la ciudad. No disimulaba sus ansias de ser congresista y hablaba siempre como si tuviera la respuesta a todo.

—¿Para qué necesitamos coartada? ¿Está husmeando la policía? —preguntó Ruben preocupado, sin dejar de mirar por la ventana.

—Habrá una investigación, eso es seguro. Los hechos son demasiado notorios como para pasarlos por alto. De todas maneras, aquí está Stanton, de la oficina del alcalde. Seguro que nos contará novedades con más detalle, en cuanto empiece la reunión —explicó Marcelus mirando su caro reloj de bolsillo.

—No se atreverán a detenernos. ¿Verdad? —insistió Ruben.

—Tenemos maneras de protegernos, pero eso no quita que estemos preparados para cualquier eventualidad —le respondió el abogado.

Roscoe le dio la razón a Marcelus.

—Lo importante es que nadie se salga del guión y mantener la calma.

—Alguien se acerca —advirtió un Ruben evidentemente nervioso.

Roscoe y Marcelus se acercaron al hueco de la ventana.

—Joder Ruben, ya te dije que te tranquilizaras. Solo es Glover Post. ¿Es que no lo reconoces?

Ruben dio un suspiro de alivio. Fue hasta la puerta, desatrancó la cerradura y dejó pasar a Glover.

—Llegas tarde, estamos a punto de empezar. Tienes suerte de no haberte quedado fuera. Una vez comencemos, nadie entra ni sale del local. Son las reglas, deberías saberlo.

A Glover Post no pareció importarle lo más mínimo la reprimenda de su compañero. Sin decir palabra entró en el bar y se quedó mirando a todos los presentes, una docena en total. Ruben volvió a cerrar la puerta y dio varias vueltas a la llave. Regresó junto a Roscoe y Marcelus.

—Pues si crees que yo estoy nervioso, deberías ver a Glover. Está pálido como el papel —le dijo Ruben a Roscoe.

—No es nada que no se le quite con un buen par de vasos de whiskey. Glover es un pie tierno y estará impresionado por la fiesta de anoche —se burló el matón.

 

—¿A dónde demonios va Glover? Si acaba de llegar —preguntó Marcelus extrañado.

Los otros dos contertulios miraron hacia la puerta. Ruben, que era el encargado de la vigilancia, se acercó hasta Glover.

—¿Vas a volver a salir? Te advierto que si no estás aquí en dos minutos, no podrás volver a entrar. Ya estamos todos y esto empezará de un momento a otro.

—Tengo algo que hacer —dijo con voz fría y carente de entonación alguna.

Sin más explicaciones que esa, abrió la puerta. Ruben pudo ver cómo, tras cerrarla, se dirigió a un carromato que estaba aparcado al otro lado de la calle.

Stanton Retchless llamó la atención de sus compañeros.

—Caballeros, si son tan amables... Tenemos mucho trabajo por delante —dijo, invitando al resto a que se le unieran.

Ruben Limes volvió a echar un vistazo por la ventana, maldiciendo por lo bajo lo inoportuno de la salida de Glover. Observó cómo aquel rebuscaba algo bajo la lona que cubría el carro sin capota. Finalmente se desentendió del asunto y cogió una silla para ir a sentarse con los demás. No era su problema, ya le echarían a Glover la bronca cuando regresara.

Si Ruben Limes se hubiese fijado en aquel momento que la llave que cerraba la puerta del local no estaba en la cerradura, quizás las cosas hubieran terminado de manera diferente. Pero no lo hizo.

—Iré directamente al grano, señores. La situación es complicada, la noticia es portada en todos los diarios de la ciudad y ha llamado demasiado la atención. Es año de elecciones y el gobernador tiene miedo a una revuelta de los negros. De cara a la galería intentará quedar bien, para salir reelegido con sus votos. Por suerte, contamos con hombres en el gobierno que apoyan nuestra causa y estamos sobre aviso. Es fundamental que cuando abandonemos el local, cada uno de nosotros tenga absolutamente claro lo que debe decir, en el caso de que fueran interrogados —comenzó a explicar Stanton.

—¿Se sabe si piensan enviar a algún marshall? —preguntó Marcelus Edwards.

—Algunos oportunistas así lo han pedido, aunque nuestros contactos han podido impedirlo. Hasta el momento se han conformado con que la policía de San Francisco investigue los hechos y se envíe un informe detallado al despacho del gobernador con las conclusiones. Me imagino que no hace falta deciros que hay que asegurarse de que ese informe no revele nada incriminatorio.

—Eso puede ser más difícil de lo que parece. Muchos en la ciudad sospechan que ha sido cosa nuestra —puntualizó Gray Sandilands, otro de los presentes.

—Yo me encargaré de que nadie de aquí se vaya de la lengua. El resto solo tienen sospechas que no pueden probar. Íbamos enmascarados, así que nadie puede habernos reconocido —dijo Roscoe, mirando su revólver.

—Aun así, Gray tiene razón en que somos los principales sospechosos. Hay que ser muy cuidadoso con lo que se dice. Marcelus y yo hemos preparado la coartada. Estad atentos y abrid bien los oídos, porque la seguridad de la Orden está en juego. Y con ella, también la nuestra propia —advirtió el teniente de alcalde Stanton.

—¿Qué coño es ese olor? —interrumpió alguien.

—Huele a quemado —dijo Marcelus Edwards.

Ruben Limes miró instintivamente hacia la puerta. Pequeños zarcillos de un humo blanco y espeso comenzaban a colarse bajo la rendija de la puerta del bar. Como un resorte se acercó a toda prisa a la ventana y, a través de los bastidores, pudo ver la anaranjada luminosidad de las llamas, que empezaban a extenderse por el porche del Dixieland. Se quedó paralizado al encontrar a Glover Post vertiendo el contenido de un bidón de petróleo para lámparas por todo el frente del local.

El pánico se apoderó de los hombres y se precipitaron en tromba sobre la puerta. El pánico se transformó en puro terror cuando encontraron la puerta atrancada y sin llave alguna.

Roscoe Kimbro empujó a Ruben de la ventana y trató de abrirla. Desde fuera, Glover se dio cuenta de sus intenciones. Con una fuerza inusitada lanzó el pesado bidón de petróleo contra el marco, bañándolo con una cortina de fuego. Roscoe tuvo que retroceder ante el embate del insoportable calor. Disparó varios tiros contra el traidor Glover. No estaba dispuesto a dejar con vida al maldito bastardo. Estaba seguro de que le había dado de lleno con las tres balas, Roscoe nunca fallaba. Pero el hijo de puta no se inmutó. Simplemente se dio la vuelta y volvió de nuevo al carromato, para coger un nuevo bidón de petróleo. Roscoe comenzaba a perder la cordura. Quizás el demonio exigía finalmente que pagara por sus pecados. Quizás su madre tenía razón cuando hablaba del fuego de la condenación, después de todo.

—¿Por qué? —aulló Roscoe.

Glover Post regresó con más combustible. Se quedó mirando unos instantes a Roscoe, y, a pesar del ensordecedor crepitar de las llamas, se hizo oír. Con una voz gutural que no era la suya.

—El barón Samedí lo ordena.

Continuó con su siniestra labor, añadiendo más alimento para las feroces llamas.

Los gritos de horror, dolor y desesperación provenientes del Dixieland desgarraron el silencio de la noche. El fuego comenzó a extenderse con una voracidad tremenda. Cuando el incendio llegó a la trastienda, donde se almacenaba todo el alcohol, una enorme bola de fuego iluminó el cielo nocturno.

Al poco llegaron cuatro agentes de policía a la dantesca escena. El fuego parecía una criatura viva, que danzaba al compás que le marcaba el viento, mientras iba reduciendo a cenizas el bar Dixieland. Los policías no podían dar crédito a que el causante de aquella locura permaneciera impasible. Seguía en medio de la calle y aún llevaba en las manos el segundo bidón de petróleo, con el que había empapado las maderas del viejo local. Uno de ellos le dio el alto y le ordenó que levantara las manos.

Glover Post tardó en darse cuenta de la presencia de los hombres de la ley; estaba ensimismado contemplando las llamas, que devoraban en su interior a sus compañeros de la Suprema Orden Caucásica. Se giró muy despacio y desenfundó el revólver con total parsimonia.

No hubo más oportunidades, dos de los policías abrieron fuego. Glover disparó el arma e hirió a uno de los policías. Los agentes respondieron con una nueva y rotunda descarga de balas, que sacudieron a Glover como una piñata, haciéndolo caer. A pesar de haber recibido un castigo suficiente para tumbar a toda una escuadra, el muy cabrón volvía a intentar ponerse en pie para apuntar el revólver nuevamente.

No fue hasta que le reventaron la cabeza de un balazo que el cuerpo de Glover Post encontró el descanso final sobre el polvoriento y sucio suelo de las calles de San Francisco.
 
 
Continuará…

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 La serie de Weird West, se puede adquirir AQUÍ

 
 
 

lunes, 9 de marzo de 2015

Novedades e incorporaciones en Área 51

 
 
 
La revista Área 51 no deja de moverse para incrementar  las historias y autores para ir aumentando en calidad y en diversidad el contenido de la misma.
Por eso, os recordamos los últimos movimientos de los coordinadores del proyecto:
-A partir del nº3, el gran maestro del cómic español, Esteban Maroto (el cual no necesita presentación alguna), publicará historias en Área 51, donde podemos disfrutar de su magnífico arte.
Páginas del Dios Olvidado
 
También el dibujante estadounidense Alex Saviux, Diego Rosales, el autor Luzbell (que ha publicado en prensa como el Diario de Pontevedra), Xosé Tomás, Pablo Rosendo y muchos más.
Alex Saviux, dibujante de cómics americano

 
Página de Luzbell
 
Además, en el nº3 debutarán varias series:
-El Misterio de Rionegro.
Donde sus autores, Maxi González y Raúl Lara os transportaran a finales de los 40 en la profunda Galicia, en una serie continuada que te hará recordar y vivir los mejores tiempos del más puro estilo de misterio negro, como ese cine que tanto añoramos.
 
-The Innaturals.
Por Miguel Ángel Naharro y Juanma Cañada Aguilera. Descubre el proyecto Pandora y las extraordinarias misiones que esta división para amenazas especiales tiene que investigar.  
Dibujo de Juanma C. Aguilera para The Innaturals
 
-Con motivo de la colaboración con la web Action Tales, en el nº3 tendremos un capítulo de la Liga de los Hombres Misteriosos de Raúl Montesdeoca (La Máquina del Juicio Final) y para el 4, comenzará Olimpo Renacido, serie escrita por Ana Morán Infiesta (Weird West, Dimensión B)
Ilustración de Lidia Castillo para Olimpo Renacido
 
 ¡Seguimos trabajando para que Área 51 sea un referente y siga creciendo!
 

martes, 3 de marzo de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 2

 
 
 
 
Capítulo II
 
 

Zardi, el anticuario
De vuelta en su hogar, Jonathan McIntire no pudo evitar recordar las palabras de su difunta esposa Harriet. "Esto no acabará nunca". Había tratado de convencerla de que la pesadilla acabaría, pero estaba muy equivocado. Su antiguo mundo había desaparecido, como si se hubiera abierto una puerta al infierno y fuese incapaz de volver a cerrarla. Un nuevo horror acechaba en las calles de San Francisco, según les había dicho Zardi.
Observaba a Shi Kwei, que se encontraba en la valla exterior de la propiedad. Hablaba con una señora mayor, también de origen chino. Por su casa desfilaban cada día numerosos habitantes de Chinatown. Venían buscando consejo, amuletos para protegerse de los malos espíritus, medicinas naturales y Dios sabría qué cosas más. Shi Kwei podía ser una desconocida en San Francisco, pero en la pequeña China era toda una celebridad.

—Han empezado pronto hoy. Normalmente no suelen venir hasta media tarde. Los chinos tienen suerte de tener a Shi para que les protejan. Ojalá la gente de mi raza tuviera también a alguien como ella.
Jonathan se volvió al oír la voz de Amos Cesay desde la puerta del salón. Iba bastante elegante, se había puesto el traje de los domingos. Aunque su semblante no era precisamente de fiesta, algo poco habitual en él.
—¿Qué sucede?
—La prima de Marguerite...—tuvo que tragar saliva para poder continuar—. Acabo de enterarme. Anoche fue violada y brutalmente golpeada. Lo más probable es que no vuelva a andar.
McIntire no supo qué decir en un principio. Conocía de vista a Marguerite, una hermosa mulata criolla que traía de cabeza a Amos. Lamentaba mucho el dolor por el que debía pasar su familia con una tragedia así. No todo el horror de este mundo procedía de lo sobrenatural, los hombres eran más que capaces de convertirse en monstruos, sin ayuda de demonios.
—¿Puede que tenga algo que ver con lo que nos dijo Zardi?
—No estoy seguro, pero no lo creo. Apesta a la legua a esos malnacidos de la Suprema Orden Caucásica.
Moviendo la cabeza de un lado a otro con preocupación, Jonathan le aconsejó.
—Mal asunto. Intenta no meterte en líos con esa gente. Ahora tenemos trabajo. Un monstruo anda suelto por la ciudad.
—Creía que nuestro trabajo era proteger a los inocentes —respondió Amos desafiante, antes de marcharse.
Las palabras de su compañero le impactaron y le dejaron confundido. Se notaba el resquemor en ellas. Nunca le había hablado antes con aquel tono, ni tampoco le había visto jamás de un humor tan sombrío.
 
 
 
Glover Post salió de su casa poco antes de la caída del sol. Vivía en las colinas, bastante alejado del centro. Tenía una caminata de más de quince minutos hasta llegar a la parada más cercana del tranvía. Su barrio no era tan elegante como para que llegara el moderno transporte público. Cruzando un pequeño barranco se ahorraba un buen trecho. Lo hacía habitualmente y nunca había tenido ningún problema, pero hoy estaba nervioso. Cualquier pequeño ruido le crispaba. Comenzaba a arrepentirse de haber bajado al centro. Debía haber dejado pasar unos días, hasta que la cosa se calmara un poco. Lo de la noche anterior se les había ido de las manos. Toda la ciudad hablaba de ello. No es que a nadie de bien le preocupara realmente lo que pudiera pasarle a los negros, pero siempre había políticos oportunistas que podían aprovechar la ocasión para ganar notoriedad. Se tranquilizó pensando en que si la policía estuviera tras ellos ya le habrían avisado: muchos agentes eran también leales miembros de la Suprema Orden Caucásica.
Un ruido proveniente del frente interrumpió sus pensamientos. Algo se arrastraba por el suelo. No era el sonido ágil y rápido que solían hacer los lagartos al escabullirse entre la baja maleza. No, se trataba de algo lento y pesado. Volvió a escucharlo de nuevo. La luz del sol ya casi había desaparecido del cielo y se hacía difícil poder ver si había alguien oculto. Pensó en darse la vuelta y regresar a casa. No se oía nada, podía haber sido su imaginación. Se sintió ridículo asustándose de su propia sombra, así que continuó caminando. Unos metros más adelante le pareció ver dos siluetas que esperaban junto a la vereda. Glover se llevó la mano al interior del gabán y sacó el revólver que siempre llevaba encima, por si las moscas.
—¿Quién anda ahí?
Se notaba el miedo en su voz. No hubo respuesta alguna. Las dos sombras se pusieron en movimiento.
—Ni un paso más. Atrás —amenazó, apuntándoles con el arma.
Trataba de ver en la escasa luz del crepúsculo quiénes eran aquellos tipos. No se detuvieron, siguieron avanzando en el más absoluto silencio. Entonces pudo verlos: eran dos negros bastante altos y delgados. Sus rostros eran como máscaras talladas, inmutables. ¿Cómo demonios se habían enterado? Alguien debía haberse chivado y aquellos mugrientos venían en busca de venganza. Pues iban a quedarse sin ella, ningún negro de mierda iba a acabar con él.
Tiro dos veces del gatillo contra el que estaba más próximo. Una bala le atravesó el hombro izquierdo y la otra fue a alojarse en el centro del pecho. El hombre, trastabillando, dio unos pasos hacia atrás por la fuerza de los proyectiles. Pero eso fue todo. De inmediato continuó acercándose a su objetivo. Glover Post sintió miedo como nunca lo había sentido antes. Aquel negro acababa de encajar dos balas, y de sus labios no había brotado el más mínimo sonido. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo, mientras un sudor helado comenzaba a cubrirle el cuerpo. Todavía tuvo tiempo a realizar otro disparo contra el segundo de los asaltantes, que resultó igual de inútil que los dos primeros. Se le echaron encima, golpeando con fuerza y sin piedad con unas piedras de buen tamaño que llevaban en las manos. Glover trató de defenderse, pero un golpe seco y contundente lo volvió todo oscuro. Cayó al suelo como un fardo.
 
 
 
Cuando recuperó la consciencia lo primero que llegó a sus sentidos fue el sonido de los tambores y los cánticos. Resultaba abrumador, y la cabeza le dolía como si fuera a explotar en cualquier momento. Abrió los ojos y la escena que encontró se le antojó como el infierno. Poco a poco fue dándose cuenta de que colgaba boca abajo de un árbol, cuyas ramas parecían unas manos cadavéricas que trataban de agarrar algo. Estaba atado de pies y manos, completamente inmovilizado. A su alrededor un buen número de hombres y mujeres de raza negra bailaban frenéticos, como en trance. Un poco más allá, otros golpeaban extasiados las tensas pieles de los tambores, cuyo ritmo vertiginoso hablaba de la oscura y lejana África.
De pronto el infernal ruido se detuvo. El silencio resultante tampoco era tranquilizador, ni mucho menos. Los hombres y mujeres, que hasta hacía apenas unos instantes bailaban a su alrededor, comenzaron a apartarse para dejar paso a una siniestra figura. Glover no alcanzaba a verlo muy claramente. El recién llegado despertaba un temor reverencial entre los presentes. Nadie se atrevió a pronunciar palabra, y ni siquiera miraban directamente al enorme negro, que llevaba un sombrero de copa y un largo abrigo oscuro.
—Os lo dije. Nada debéis temer a partir de ahora. Todos estáis bajo la protección de Marie Laveau, la única y gran reina del vudú. Muchos de los nuestros no creen aún en su poder. Esta noche os demostraré que no estáis solos. En el futuro nadie se atreverá a levantar una mano contra nosotros, porque sabrán que su castigo llegará rápido como el rayo —exclamó, con un marcado acento francés.
Cuando el extraño personaje detuvo su discurso, todos los que allí se encontraban estallaron en unos terribles chillidos, mezcla de rabia y venganza. Los gritos taladraban su alma, o eso le pareció a Glover.
 

 
El hombre del sombrero de copa se giró hacía él y se acercó, quedando sus rostros frente a frente. Si es que a aquello se le podía llamar rostro. Su cara era la de una calavera y, donde debían hallarse los ojos, no había más que dos huecos negros e insondables. Quizás fuera por el miedo o quizás estaba bajo los efectos de alguna sustancia, pero para Glover no podía ser más real. De haber podido contarlo a alguien, habría jurado que estaba mirando a la cara de la misma Muerte.
El siniestro personaje fumaba de manera ansiosa y echaba el humo del enorme puro en la cara a Glover, riendo histérico al ver la expresión de pánico de su prisionero. Pudo ver, entre la espesa humareda que dejaba el cigarro, que llevaba colgadas del cuello varias bolsitas de cuero, las cuales pendían de un collar formado por pequeños huesos engarzados.
Bebió un buen trago de ron de la botella que llevaba en su mano derecha, escupiendo parte de la bebida encima del hombre blanco. Hizo señas a dos mujeres, que se acercaron presurosas. Una de ellas llevaba un gran cuenco, y la otra portaba entre los brazos un gallo negro que aleteaba asustado y trataba de escapar. Glover se sentía exactamente igual que el ave de corral.
El hombre con el rostro de la muerte dejó la botella de ron en el suelo y agarró al gallo por la cabeza. Dio un lascivo beso a una de las mujeres y le pasó el apestoso cigarro. Con la otra mano cogió al gallo por la base del cuello y lo estiró, dejándolo completamente expuesto. El hombre sonrió maliciosamente y Glover pudo ver sus afilados colmillos, como los de un enorme lobo... o como los de los demonios que recordaba de las vidrieras de la iglesia.
La cabeza del gallo fue arrancada de un único y feroz mordisco. La sangre comenzó a manar de inmediato y el hombre vertió el rojo torrente en el cuenco que sostenía una de las mujeres. Cuando la sangre paró de manar, arrancó de cuajo una de las patas y luego arrojó a un lado el cuerpo sin vida del animal. Tomó el cuenco entre las manos y dio un buen sorbo al contenido, para luego levantarlo sobre su cabeza, ofreciéndolo al cielo nocturno. Sus acólitos gritaban al borde del frenesí, coreando su nombre.
—¡Samedí, Samedí, Samedí! —repetían en una excitada letanía.
El rojo de la sangre se derramaba por encima del blanco cadavérico de la pintura que le cubría el rostro. Glover creyó morir de terror, y el contenido de su vejiga se vació.
Siguiendo con el macabro ritual, el bokor hundió la pata del gallo negro en el cuenco, que salió teñida de escarlata. Comenzó a trazar extraños símbolos sobre la cara y el torso desnudo de Glover.
—¡No quiero morir! ¡Por favor, no quiero morir! —gritó Glover Post, completamente aterrorizado.
Una risa sobrenatural surgió de su torturador.
—¿Morir? No, monsieur. No será tan fácil como eso.
Volvió a lanzar su antinatural carcajada, riéndose de su propio chiste. Abrió una bolsa atada al cinturón y vació el contenido sobre la mano izquierda. Cerró el puño y lo levantó hasta dejarlo frente a la cara de Glover. Entonces lo abrió, mostrando la palma de la mano y un polvillo blancuzco que la cubría.
—¿Sabe usted qué es esto? —le preguntó.
Glover Post negó frenético con la cabeza.
—Es polvo zonbi, un potente veneno. Pero no se preocupe; como le prometí, no morirá. No del todo —explicó con una sonrisa que helaba la sangre en las venas.
El hombre del rostro cadavérico sopló y una pequeña nube blanca se esparció por todo el rostro de Glover Post, que tosió como si fuera a echar los pulmones por la boca. Su cuerpo se balanceaba por los espasmos, y la cuerda de la que colgaba por los pies se mecía de un lado a otro. Poco a poco, el movimiento pendular se fue deteniendo, hasta que quedó completamente inmóvil.
—Bajadlo de ahí. Tengo que acelerar el proceso de resurrección. Lo necesitaremos esta misma noche —ordenó el hombre al que llamaban Samedí a dos de sus musculosos y silenciosos ayudantes.
 
Continuará…
 
Escrito por Raúl Montesdeoca/ Imagen Zardi: Néstor Allende 
 La serie de Weird West, se puede adquirir AQUÍ

lunes, 2 de marzo de 2015

Autores de Western Tales


 
 
 
Anunciamos la lista de autores que compondrán Western Tales: Una antología de relatos ambientados en el más genuino género western, en historias en el salvaje oeste, con pistoleros, caravanas de colonos, buhoneros, cazarrecompensas, tribus indias, duelos al atardecer. Todo tipo de situaciones en el Far West, muchas veces mezcladas con otros géneros, incluso el fantástico o el terror. 20 relatos con los escritores que vienen a continuación:

Ilustración de José Baixauli




 
 
1-Néstor Allende

2-Luis Guillermo del Corral

3-Joaquín Sanjuán

4-Josué Ramos

5-Alexis Brito Delgado

6-Pako Domínguez

7-Raúl Montesdeoca

8-Miguel Ángel Naharro

9-Joseph Remesar

10-Ana Morán

11-Julián Sánchez Caramazana

12-Carlos Díaz Maroto

13-Jerónimo Thompson

14-Gabriel Romero de Ávila

15-Patxi Larrabe

16-Guillermo Moreno

17-David Gambero

18-David Iruela

19-Sergio Pérez

20-Manuel Collado

 
Ilustración de José Baixauli

 

martes, 24 de febrero de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 1





Capítulo I

 

Jonathan McIntire bebió un sorbo de su vaso de whiskey y volvió a dejarlo sobre su regazo. El movimiento hizo que la vieja mecedora se balanceara lentamente adelante y atrás. Hacía un buen rato que había pasado la medianoche y ya no quedaba nadie en las calles. Permanecía casi inmóvil, escrutando la negrura de la noche.

Desde hacía algún tiempo venía repitiéndose la misma escena. Cuando ya no soportaba más estar dando vueltas en aquella cama tan grande y tan vacía, se llevaba la mecedora al porche de la casa y simplemente dejaba pasar el tiempo, hasta que llegaban las primeras luces del alba.

Shi Kwei le observaba desde la ventana del salón. Había oído a alguien afuera y se había levantado, por si se trataba de algún visitante no deseado. Le tranquilizó comprobar que se trataba de Jonathan, al menos en un principio. Nunca le había visto con una expresión tan seria. No le conocía desde hacía tanto, pero las terribles experiencias que habían vivido juntos les habían convertido en un equipo. Aunque Shi pasaba buena parte de su tiempo en Chinatown, la casa de McIntire era lo más parecido a un hogar. Y Jonathan y Amos eran lo más parecido a una familia que tenía en aquel país.

La llegada del sonriente muchacho de piel de ébano había sido una bendición. Su carácter jovial y su natural predisposición para realizar todo tipo de tareas llevaban algo de alegría a aquel lugar tan necesitado de ella. Aún así Jonathan estaba diferente,  más callado y  siempre sumido en sus pensamientos.  Desde la muerte de Harriet no había vuelto a ser la misma persona. Jonathan trataba de hacer lo posible para que Amos y Shi no se dieran cuenta de su estado de ánimo. Pero al verle ahora sentado en el porche con la mirada perdida, se hacía más que evidente que no pasaba por su mejor momento. Sus ojos estaban vidriosos y buscaba quién sabe qué en el manto nocturno.

A pesar del sigilo de la oriental, Jonathan se percató de su presencia en la ventana y le hizo una señal para que saliera a reunirse con él.

—¿Tampoco puedes dormir? —le preguntó cuando Shi Kwei apareció por la puerta principal.

—Tengo el sueño bastante ligero. Oí a alguien en el porche y salí a asegurarme de que todo iba bien.

—¿Siempre alerta, eh? —sin esperar respuesta, continuó—. ¿Quieres un poco de whiskey?

La mujer negó con la cabeza.

—Nunca bebo alcohol y tú tampoco deberías hacerlo. Tu cuerpo es tu templo y deberías cuidarlo un poco más.

—Me ayuda a mantener alejados a los fantasmas.

El tono de voz de Jonathan era agrio y amargo.

—Los fantasmas siempre consiguen encontrar el camino de vuelta —dijo Shi Kwei.

Jonathan se quedó como una estatua, hasta que finalmente habló con la voz rota.

—Le fallé, ¿Sabes?

Shi Kwei lo miró confundida, sin saber a qué se refería.

—A mi mujer. Poco antes de que pasara...—dejó la frase inconclusa—. Le prometí que la protegería siempre. Le mentí, no pude hacer nada por ella. Le aseguré que pasaríamos nuestra vida juntos, y ahora ella no está porque no fui capaz de cumplir la promesa que le hice.

Shi Kwei estaba un tanto azorada. En su cultura no eran nada común tales expresiones de sentimientos, si no era con una persona muy cercana e íntima. Sospechaba que el efecto del alcohol tenía algo que ver. Ahora le veía tan frágil, de una manera muy distinta a veces anteriores.

—Lo único que consigues con esa línea de pensamiento es torturarte.  No había nada que pudieras hacer para evitarlo. Nuestro destino es incierto y a veces también cruel. Yo también perdí a mis hermanos luchando contra Shaitan. A veces la pena me ahoga la respiración, pero jamás me arrepiento de lo que hicimos. Esta es la vida que me ha tocado, y no quiero pasarla lamentándome.

Jonathan la miró sorprendido.

—Para ser tan joven eres todo un pozo de sabiduría.

—He tenido buenos maestros. De todas formas no se trata de cuanto has vivido, sino de cómo lo has hecho.

—Brindo por eso —dijo Jonathan un poco más animado alzando su vaso.

—Deja de brindar. Voy a preparar un té bien fuerte, vas a necesitarlo para despejar tu mente.

—¿Té? Bueno, al menos me traerá recuerdos de mis días en Inglaterra  —comentó con poca convicción.

—Espero que sean recuerdos agradables —trató de animarle Shi Kwei.

—No en especial. La mayor parte del tiempo no hice más que perder el tiempo y desperdiciar la fortuna de mi familia.

—Enseguida vuelvo.

Shi Kwei volvió al interior de  la casa y al rato apareció nuevamente, portando dos tazas de humeante té en sus manos. Ofreció una de ellas a Jonathan y las tomaron juntos, sorbo a sorbo y sin decir nada. Simplemente dejando pasar el tiempo hasta que amaneciera.

Fue la sonora voz de Amos la que les sacó del largo silencio. Acostumbraba a levantarse bastante temprano, para atender y alimentar a su caballo y al de Jonathan. Shi Kwei no poseía montura propia. Prefería andar, incluso cuando se trataba de trayectos muy largos o fatigosos.  Además, Amos se encargaba de que hubiese siempre leña cortada para el hogar y en general, de todas las pequeñas reparaciones que necesitaba la casa, porque Jonathan no era precisamente un manitas. Era un muchacho muy hacendoso, de eso no cabía ninguna duda. Apareció en la puerta del porche, estirando su musculoso cuerpo como un gato para desperezarse.

—Buenos días. ¿Ha habido fiesta esta noche y no estaba invitado? —preguntó con su sempiterna sonrisa dibujada en el rostro.

—Ha sido más bien insomnio —contestó  McIntire mostrando su taza.

—¿Que estáis bebiendo? —volvió a preguntar intrigado Amos.

—Té —respondió Shi Kwei.

Amos hizo una mueca de evidente disgusto.

—No gracias. Yo voy a hacerme un café como Dios manda.

Cuando ya volvía a entrar en la casa, Amos pareció recordar algo.

—Por cierto, hay una carta muy elegante sobre la mesa del salón. Viene lacrada y todo. Debe ser para ti, aunque no pone ni remitente ni destinatario.

Jonathan lo miró con extrañeza.

—¿Una carta? ¿Cómo pudo haber llegado hasta ahí? Estoy seguro de que anoche no había ninguna carta en la mesa, ni en ningún otro lugar del salón. Llevo toda la noche sin moverme de aquí, y puedo asegurar que nadie se ha acercado a la casa.

Amos se encogió de hombros ante la retórica pregunta, para la que no tenía respuesta alguna. Los tres se encaminaron al salón para examinar la misteriosa misiva. Se trataba de un sobre blanco, de buen papel pero sin ningún distintivo. Al darle la vuelta pudieron ver un sello, que representaba una letra zeta grabado sobre el lacre.

—¿Algún familiar o amigo tuyo quizás? —preguntó Shi Kwei.

—Ninguno que recuerde ahora mismo y cuyo nombre empiece por zeta —respondió Jonathan mientras abría el sobre.

—Yo tengo un tío llamado Zebulon, pero dudo que se trate de él, porque ni siquiera sabe escribir y mucho menos tiene un sello con tantas filigranas —bromeó Amos para relajar la tensión.

Tras pasar unos instantes leyendo el contenido, y con sus dos compañeros expectantes por recibir noticias, McIntire finalmente dijo:

—Es una invitación de un tal Zardi.  Al parecer requiere de nuestros servicios y nos ruega que vayamos urgentemente a reunirnos con él.

—¿Le conoces? —preguntó Amos.

—Es la primera vez que oigo ese nombre —reconoció, mientras seguía mirando el papel como si le fuese a dar más pistas.

—¿Dónde se supone que debemos reunirnos con él? —fue Shi Kwei la que preguntó esta vez.

—En la casa situada al final de la última calle a la izquierda, según dice el mensaje.

            Los tres compañeros intercambiaron miradas y sin necesidad de decirlo, supieron que solo había una forma de resolver aquel misterio.

 

            Jonathan McIntire llamó a la puerta. No habían tenido ningún problema en localizar la casa, a pesar de lo impreciso de las indicaciones. Era un edificio extraño, como si no perteneciera a aquel lugar. De hecho Jonathan no recordaba haberlo visto anteriormente, aunque presumía de conocer bien aquella parte de San Francisco. Estaba hecho de ladrillo y parecía muy poco práctico para el clima de la soleada California.

            Un hombre les recibió cuando la puerta principal se abrió. Debía aparentar entre los cuarenta y los cincuenta años, pero algo en sus ojos indicaba que era mucho más viejo. Su atuendo era elegante y al igual que la casa, parecía también fuera de lugar. Su pelo, bien peinado y completamente canoso, le daba un aire aristocrático, y el monóculo que lucía ayudaba a reforzar dicha sensación. Cogido entre sus brazos, llevaba a un gato de pelaje marrón al que le faltaba un ojo.

            —Hola, mi nombre es Zardi. Bienvenidos a mi humilde morada, les agradezco la prisa que se han dado en venir. Pasen, por favor —dijo acariciando la cabeza al poco agraciado gato.

            Shi Kwei tenía una especial sensibilidad para detectar el aura de las personas. De inmediato se dio cuenta de que la sensación de poder que se respiraba en el lugar resultaba abrumadora. No estaba del todo segura si dicha sensación provenía de Zardi o del gato.

            Entraron en lo que tenía toda la pinta de ser un tienda de antigüedades. Había montones de libros, apilados en estanterías por todos lados. Llamaban también poderosamente la atención las vitrinas, en las que se encontraban expuestos todo tipo de objetos, a cada cual más raro. Un bastón con un pomo que imitaba a una cabeza de gato, un pequeño cubo de color negro con sus caras ornamentadas con distintos tipos de grabados dorados y una sencilla copa de madera muy antigua. Esos fueron algunos de los que alcanzaron a ver, antes de ser invitados a la trastienda por su misterioso anfitrión. Una vez estuvieron todos cómodamente sentados, Zardi se dirigió nuevamente a ellos.

            —Es un placer conocerles en persona. Teniendo en cuenta su línea de acción, era cuestión de tiempo que nos acabáramos conociendo.

            —¿Nuestra línea de acción? —preguntó McIntire intrigado.

            —¿No son ustedes acaso los cazadores de vampiros que acabaron con los Drácula y con Shaitan, el señor de la corte vampírica china? —respondió Zardi con una nueva pregunta.

—Perdone mi desconfianza. ¿Cómo ha sabido de nosotros? No es que hayamos hecho mucha publicidad, más bien ninguna —dijo McIntire.

            —Soy un hombre muy bien informado. Necesito urgentemente de sus servicios. Estoy dispuesto a contratarles, el precio no importa.

            —No perdemos nada escuchando la oferta del caballero —dijo Amos a Jonathan McIntire.

            —Sí, yo también creo que deberíamos oír lo que tiene que decir.

            Las palabras pronunciadas por Shi Kwei parecían dejar traslucir que la joven china sabía algo que sus compañeros ignoraban. McIntire seguía mostrándose bastante reticente, aunque no podía negar la lógica de lo dicho por Amos y Shi.

El gato tuerto saltó de los brazos de Zardi al suelo y se marchó, como si su trabajo allí ya hubiese terminado.

—Parece que Hades no se quedará con nosotros el resto de la reunión —dijo Zardi.

—Sí, es una pena. Echaremos de menos su grata conversación. Y ahora si fuese usted tan amable de contarnos por qué nos ha llamado —le recordó Jonathan al presunto anticuario.


Continuará....




Escrito por Raúl Montesdeoca/ Portada: Néstor Allende




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