martes, 10 de marzo de 2015

Weird West: Esclavos de la oscuridad Cap. 3




 

Capítulo III

 


Ruben Limes vigilaba la calle a través de la única ventana de la que disponía el bar Dixieland. Esa noche debían tener especial cuidado, por eso el local permanecía cerrado y solo se permitía el acceso a gente de confianza. Estaba particularmente atento a los pocos transeúntes que aún se veían en el exterior, por si se formaba algún grupo o tumulto. Hasta el momento todo estaba tranquilo.

—Relájate un poco, Ruben. No va a haber problemas. Nadie se atreverá a venir, no están tan locos como para querer ganarse la ira de la Orden.

El que hablaba era Roscoe Kimbro, un matón que estaba con la Orden por la impunidad que le brindaba. Estaba muy bien relacionado con los peces gordos de la organización, precisamente por su falta de escrúpulos y porque siempre estaba disponible para cualquier asunto, por muy turbio que fuera este.

—No sé, me parece que no deberíamos habernos reunido hoy.

Marcelus Edwards se unió a la conversación.

—Precisamente hoy es cuando más necesario se hace reunirse. Tenemos que ponernos de acuerdo para que las coartadas sean sólidas.

Marcelus era abogado. No es que fuera rico, pero empezaba a despuntar entre la flor y nata de la ciudad. No disimulaba sus ansias de ser congresista y hablaba siempre como si tuviera la respuesta a todo.

—¿Para qué necesitamos coartada? ¿Está husmeando la policía? —preguntó Ruben preocupado, sin dejar de mirar por la ventana.

—Habrá una investigación, eso es seguro. Los hechos son demasiado notorios como para pasarlos por alto. De todas maneras, aquí está Stanton, de la oficina del alcalde. Seguro que nos contará novedades con más detalle, en cuanto empiece la reunión —explicó Marcelus mirando su caro reloj de bolsillo.

—No se atreverán a detenernos. ¿Verdad? —insistió Ruben.

—Tenemos maneras de protegernos, pero eso no quita que estemos preparados para cualquier eventualidad —le respondió el abogado.

Roscoe le dio la razón a Marcelus.

—Lo importante es que nadie se salga del guión y mantener la calma.

—Alguien se acerca —advirtió un Ruben evidentemente nervioso.

Roscoe y Marcelus se acercaron al hueco de la ventana.

—Joder Ruben, ya te dije que te tranquilizaras. Solo es Glover Post. ¿Es que no lo reconoces?

Ruben dio un suspiro de alivio. Fue hasta la puerta, desatrancó la cerradura y dejó pasar a Glover.

—Llegas tarde, estamos a punto de empezar. Tienes suerte de no haberte quedado fuera. Una vez comencemos, nadie entra ni sale del local. Son las reglas, deberías saberlo.

A Glover Post no pareció importarle lo más mínimo la reprimenda de su compañero. Sin decir palabra entró en el bar y se quedó mirando a todos los presentes, una docena en total. Ruben volvió a cerrar la puerta y dio varias vueltas a la llave. Regresó junto a Roscoe y Marcelus.

—Pues si crees que yo estoy nervioso, deberías ver a Glover. Está pálido como el papel —le dijo Ruben a Roscoe.

—No es nada que no se le quite con un buen par de vasos de whiskey. Glover es un pie tierno y estará impresionado por la fiesta de anoche —se burló el matón.

 

—¿A dónde demonios va Glover? Si acaba de llegar —preguntó Marcelus extrañado.

Los otros dos contertulios miraron hacia la puerta. Ruben, que era el encargado de la vigilancia, se acercó hasta Glover.

—¿Vas a volver a salir? Te advierto que si no estás aquí en dos minutos, no podrás volver a entrar. Ya estamos todos y esto empezará de un momento a otro.

—Tengo algo que hacer —dijo con voz fría y carente de entonación alguna.

Sin más explicaciones que esa, abrió la puerta. Ruben pudo ver cómo, tras cerrarla, se dirigió a un carromato que estaba aparcado al otro lado de la calle.

Stanton Retchless llamó la atención de sus compañeros.

—Caballeros, si son tan amables... Tenemos mucho trabajo por delante —dijo, invitando al resto a que se le unieran.

Ruben Limes volvió a echar un vistazo por la ventana, maldiciendo por lo bajo lo inoportuno de la salida de Glover. Observó cómo aquel rebuscaba algo bajo la lona que cubría el carro sin capota. Finalmente se desentendió del asunto y cogió una silla para ir a sentarse con los demás. No era su problema, ya le echarían a Glover la bronca cuando regresara.

Si Ruben Limes se hubiese fijado en aquel momento que la llave que cerraba la puerta del local no estaba en la cerradura, quizás las cosas hubieran terminado de manera diferente. Pero no lo hizo.

—Iré directamente al grano, señores. La situación es complicada, la noticia es portada en todos los diarios de la ciudad y ha llamado demasiado la atención. Es año de elecciones y el gobernador tiene miedo a una revuelta de los negros. De cara a la galería intentará quedar bien, para salir reelegido con sus votos. Por suerte, contamos con hombres en el gobierno que apoyan nuestra causa y estamos sobre aviso. Es fundamental que cuando abandonemos el local, cada uno de nosotros tenga absolutamente claro lo que debe decir, en el caso de que fueran interrogados —comenzó a explicar Stanton.

—¿Se sabe si piensan enviar a algún marshall? —preguntó Marcelus Edwards.

—Algunos oportunistas así lo han pedido, aunque nuestros contactos han podido impedirlo. Hasta el momento se han conformado con que la policía de San Francisco investigue los hechos y se envíe un informe detallado al despacho del gobernador con las conclusiones. Me imagino que no hace falta deciros que hay que asegurarse de que ese informe no revele nada incriminatorio.

—Eso puede ser más difícil de lo que parece. Muchos en la ciudad sospechan que ha sido cosa nuestra —puntualizó Gray Sandilands, otro de los presentes.

—Yo me encargaré de que nadie de aquí se vaya de la lengua. El resto solo tienen sospechas que no pueden probar. Íbamos enmascarados, así que nadie puede habernos reconocido —dijo Roscoe, mirando su revólver.

—Aun así, Gray tiene razón en que somos los principales sospechosos. Hay que ser muy cuidadoso con lo que se dice. Marcelus y yo hemos preparado la coartada. Estad atentos y abrid bien los oídos, porque la seguridad de la Orden está en juego. Y con ella, también la nuestra propia —advirtió el teniente de alcalde Stanton.

—¿Qué coño es ese olor? —interrumpió alguien.

—Huele a quemado —dijo Marcelus Edwards.

Ruben Limes miró instintivamente hacia la puerta. Pequeños zarcillos de un humo blanco y espeso comenzaban a colarse bajo la rendija de la puerta del bar. Como un resorte se acercó a toda prisa a la ventana y, a través de los bastidores, pudo ver la anaranjada luminosidad de las llamas, que empezaban a extenderse por el porche del Dixieland. Se quedó paralizado al encontrar a Glover Post vertiendo el contenido de un bidón de petróleo para lámparas por todo el frente del local.

El pánico se apoderó de los hombres y se precipitaron en tromba sobre la puerta. El pánico se transformó en puro terror cuando encontraron la puerta atrancada y sin llave alguna.

Roscoe Kimbro empujó a Ruben de la ventana y trató de abrirla. Desde fuera, Glover se dio cuenta de sus intenciones. Con una fuerza inusitada lanzó el pesado bidón de petróleo contra el marco, bañándolo con una cortina de fuego. Roscoe tuvo que retroceder ante el embate del insoportable calor. Disparó varios tiros contra el traidor Glover. No estaba dispuesto a dejar con vida al maldito bastardo. Estaba seguro de que le había dado de lleno con las tres balas, Roscoe nunca fallaba. Pero el hijo de puta no se inmutó. Simplemente se dio la vuelta y volvió de nuevo al carromato, para coger un nuevo bidón de petróleo. Roscoe comenzaba a perder la cordura. Quizás el demonio exigía finalmente que pagara por sus pecados. Quizás su madre tenía razón cuando hablaba del fuego de la condenación, después de todo.

—¿Por qué? —aulló Roscoe.

Glover Post regresó con más combustible. Se quedó mirando unos instantes a Roscoe, y, a pesar del ensordecedor crepitar de las llamas, se hizo oír. Con una voz gutural que no era la suya.

—El barón Samedí lo ordena.

Continuó con su siniestra labor, añadiendo más alimento para las feroces llamas.

Los gritos de horror, dolor y desesperación provenientes del Dixieland desgarraron el silencio de la noche. El fuego comenzó a extenderse con una voracidad tremenda. Cuando el incendio llegó a la trastienda, donde se almacenaba todo el alcohol, una enorme bola de fuego iluminó el cielo nocturno.

Al poco llegaron cuatro agentes de policía a la dantesca escena. El fuego parecía una criatura viva, que danzaba al compás que le marcaba el viento, mientras iba reduciendo a cenizas el bar Dixieland. Los policías no podían dar crédito a que el causante de aquella locura permaneciera impasible. Seguía en medio de la calle y aún llevaba en las manos el segundo bidón de petróleo, con el que había empapado las maderas del viejo local. Uno de ellos le dio el alto y le ordenó que levantara las manos.

Glover Post tardó en darse cuenta de la presencia de los hombres de la ley; estaba ensimismado contemplando las llamas, que devoraban en su interior a sus compañeros de la Suprema Orden Caucásica. Se giró muy despacio y desenfundó el revólver con total parsimonia.

No hubo más oportunidades, dos de los policías abrieron fuego. Glover disparó el arma e hirió a uno de los policías. Los agentes respondieron con una nueva y rotunda descarga de balas, que sacudieron a Glover como una piñata, haciéndolo caer. A pesar de haber recibido un castigo suficiente para tumbar a toda una escuadra, el muy cabrón volvía a intentar ponerse en pie para apuntar el revólver nuevamente.

No fue hasta que le reventaron la cabeza de un balazo que el cuerpo de Glover Post encontró el descanso final sobre el polvoriento y sucio suelo de las calles de San Francisco.
 
 
Continuará…

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

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