martes, 24 de marzo de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 5







Capítulo V

 

Jonathan y Shi Kwei caminaban por las siempre transitadas calles de “Villa Carnicero”; ese era el sobrenombre con el que los lugareños llamaban a aquel inhóspito rincón de San Francisco. El topónimo venía de varias décadas atrás, cuando se instaló en la zona el primer matadero público. Ahora existían dieciocho funcionando a plena capacidad en el barrio, además de corrales para guardar las reses, curtidurías, tratantes de ganado y toda la industria que acarreaba el negocio cárnico. El olor a animal, a heces y a muerte bordeaba lo insoportable. Alrededor de los dos caminos que llevaban a los mataderos se concentraban un buen número de casuchas, hechas en su mayoría con madera de ínfima calidad. El desagradable hedor de la zona y las insalubres condiciones hacían que solo los más pobres y desesperados acabasen en Villa Carnicero.

No era de extrañar que fuese allí donde se encontraba concentrada la mayor parte de la población negra de la ciudad. No había escuelas, ni alcantarillado, ni tan siquiera abasto de agua potable. Jonathan tenía que reconocer para su vergüenza que jamás había visitado el vecindario. Aunque en teoría los ciudadanos de raza negra tenían muchos derechos reconocidos, la realidad demostraba estar muy lejos de lo que decían las leyes.

A pesar de la miseria reinante y de lo tardío de la hora, el ambiente era bullicioso y alegre. A Jonathan le sorprendió el buen ánimo y las sonrisas que veía por las calles. Probablemente había tanto trasiego de gente porque estaban tan hacinados que debían dormir por turnos.

Buscaban la casa de Marguerite Dupont, suponían que allí era donde debía encontrarse su compañero Amos. Gracias a las amables indicaciones de los vecinos no fue difícil hallarla. Los Dupont eran tristemente célebres por lo que le había pasado a la pequeña Rosalie, la prima de Marguerite. Llegaron a una choza insalubre que se mantenía en pie más por costumbre que por otra cosa. Un joven negro permanecía ocioso apoyado en la destartalada valla que delimitaba la propiedad. No había espacio entre las casas, simplemente se apiñaban las unas al lado de las otras. Se aprovechaba cualquier pared construida para adosar nuevas viviendas y habitaciones, abaratando también los costes.

—Preguntamos por Amos Cesay. ¿Se encuentra aquí? —preguntó Jonathan al joven que haraganeaba en la entrada.

Sin hacer visos de querer responder a la pregunta, el muchacho se dio la vuelta y a pleno grito avisó al interior de la casa.

—¡Amos! Tu amigo el blanquito ha venido a verte.

Jonathan lanzó una mirada de pocos amigos al impertinente mozalbete. Se merecía un buen cachete, pero lo dejó pasar. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse.

Amos apareció por el quicio de la puerta y recorrió el corto trecho hasta la valla para dar un frío saludo a sus compañeros.

—¿Qué sucede? —preguntó al verlos allí.

—Te necesitamos. Zardi tenía razón, algo horrible está sucediendo. Como no regresabas a casa, decidimos venir a buscarte.

            —Ya no estoy muy seguro de que esa sea mi casa —dijo con gesto serio.

            Jonathan miró extrañado a su compañero; no entendía el porqué de su hostilidad.

            —Vale, sea lo que sea lo que te pase, ya lo arreglaremos. Ahora nos hace falta tu ayuda. Alguien ha incendiado un bar en el que solían reunirse reconocidos miembros de la Suprema Orden Caucásica y debemos…

            Amos no le dejó terminar la explicación.

            —Es por eso que creo que tu casa ya no es la mía. ¿No te oyes hablar? Cuando te dije que a la pobre Rosalie la había violado en grupo esos malnacidos de la Orden, y que la habían golpeado hasta casi matarla, me dijiste que no me metiera en líos. No lo consideraste importante. ¿Y en serio ahora pretendes que salte a tus órdenes para ayudar a esos hijos de puta?

            Shi Kwei estaba sorprendida; nunca había visto a Amos de un humor tan siniestro. Jonathan bufó porque empezaba a perder la paciencia.

            —¿Entonces crees que la solución es quemarlos vivos? —preguntó McIntire, molesto con la hiriente actitud de su compañero, la cual no terminaba de comprender.

            —Yo no creo nada. Lo mejor que puedo hacer a partir de ahora es preocuparme por mi gente, como hace Shi Kwei con los chinos.

            La joven china negó con la cabeza.

            —No lo has entendido. Yo no protejo a los chinos. Es posible que por afinidad acudan más a mí, pero mi misión es luchar contra los enemigos de toda la humanidad. Y cuando estamos divididos, ellos ganan —explicó Shi Kwei.

            —Pues yo creo que esos bastardos esclavistas se tenían bien merecida la muerte que recibieron —dijo el joven, que seguía junto a la valla, metiéndose en la conversación.

            —Tendrías que haberte marchado hace rato, mocoso. Puede que Amos se esté comportando como un imbécil, pero él se ha ganado el derecho a hablarme como le venga en gana. En cambio, a ti no te conozco de nada. Si no te he hecho tragar aún un par de dientes de un mamporro es porque soy una persona muy educada —le advirtió al insolente muchacho.
 

            El joven de piel morena se amilanó y no dijo nada al ver la furia en los ojos de McIntire, pero éste no se detuvo y siguió atosigándolo.

            —¿Dónde has estado esta noche, jovencito? ¿Estuviste cerca del Dixieland?

            —¡Ya basta! —protestó Amos—. Pete ha estado aquí conmigo todo el rato. A menos que creas que yo también miento y que estoy implicado en lo del incendio.

            —No lo sé. Ya nada parece ser lo que era. ¿Lo estás?

            Amos perdió los nervios y alzó su puño para estrellarlo contra la cara de McIntire.

El golpe cogió a Jonathan por sorpresa y le partió la comisura del labio. Sin terminar de creérselo, se tocó donde había sido golpeado y vio los dedos manchados de sangre. Ciego por la ira, se dispuso a devolver el puñetazo, pero Shi Kwei gritó:

            —¿Qué estáis haciendo? ¿Os habéis vuelto locos?

Tanto Jonathan como Amos se quedaron congelados; era la primera vez que la veían gritar de aquella forma. Siempre era tan formal y callada que les resultó extrañamente chocante.

Pero las respuestas a las preguntas de Shi, si es que esperaba alguna, iban a tener que posponerse.

Unos agudos gritos rasgaron la tranquila noche. Ponían los pelos de punta al más pintado, pero para Amos y la gente de su raza era algo mucho peor. Era el terror hecho sonido. Muchos ya lo habían escuchado con anterioridad, era el grito de guerra rebelde. La estridente cacofonía de chillidos y alaridos parecía meterse dentro de la propia alma.

Antes de que se oyera el ruido de los cascos al galope y antes de que se distinguieran las primeras antorchas, Amos ya había entrado en la casa. Instantes después estaba de vuelta con una escopeta Winchester 1887 de cinco cartuchos en la mano, un arma de cuya posesión pocos podían presumir. Se había jurado a sí mismo que jamás volvería a ser esclavo de nada ni de nadie, ni siquiera del miedo. Las marcas de latigazos que veía cada día en el espejo le recordaban que, pasara lo que pasara, tenía que vivir o morir como un hombre libre. Atravesó el endeble portón de la verja y se fue al centro de la calle, esperando.

 
Imagen del cómic Blaze of Glory(Marvel cómics)

Entonces llegaron los Jinetes Nocturnos. Fue como si el infierno hubiese vomitado sus pesadillas sobre la tierra. La luz de las antorchas que portaban les confería un aire irreal, las capuchas blancas que les cubrían los rostros acrecentaban la sensación. Se acercaban como una estampida de búfalos, arrasando con todo y todos a su paso. Un pequeño de unos ocho años de edad, que trataba de huir, fue engullido bajo los cascos de los caballos, y no fue el único. En el caos que se originó, varios más corrieron la misma suerte. El suelo parecía temblar bajo la fantasmal carga de caballería. Los vecinos corrían por sus vidas, intentando buscar un refugio ante el horror que se había desatado. Era alrededor de una veintena, por los puntos de luz que se veían. Una vez llegados al cruce de caminos de los mataderos se dividieron en dos grupos, rodeando el barrio para que no escapase nadie.

Un puñado de ellos enfiló calle abajo hacia donde se encontraba Amos, Jonathan y Shi. A mitad de trayecto detuvieron las monturas y arrojaron las antorchas sobre los techos de varias humildes casas. De una de las casuchas salió un hombre de mediana edad, portando un cubo en las manos. Su intento de atajar las llamas le costó bien caro; uno de los jinetes nocturnos le descerrajó un tiro en pleno estómago. Quedó tendido en el suelo, observando con los ojos muy abiertos cómo se le escapaba la vida poco a poco, mientras las llamas comenzaban a devorar su hogar.

—¡No! ¡Nunca más!

El grito pertenecía a Amos, que observaba la escena en la distancia. Con paso firme comenzó a acercarse a los jinetes. Apuntó la escopeta contra uno de los asaltantes enmascarados y disparó. La lluvia de postas pasó a escasas pulgadas de la cabeza del más cercano de ellos. El disparo atrajo la atención del resto de la infame cuadrilla, que al ver que un negro los amenazaba, desenfundó sus armas y se lanzó de nuevo al galope.

Jonathan se dio cuenta de la desventajosa situación de Amos. Su compañero se había dejado llevar por la rabia, sin pensar en su propia seguridad. Buscó con la mirada a Shi Kwei, pero la joven ya había desaparecido. Por suerte para Amos, la calle no era muy ancha y solo cabían dos caballos a la vez. Los Jinetes Nocturnos más adelantados apuntaron los revólveres contra él.

Antes de que el primero pudiera apretar el gatillo, un borrón azulado le cayó encima desde el tejado de una cercana chabola. Era Shi Kwei. El encontronazo fue terrible para el jinete; la joven china aprovechó la inercia que le daba la caída y golpeó con el pie derecho como si fuera un látigo, impactando en el pecho del adversario. Shi rodó con el impacto, evitando lo peor del choque frontal; pero el jinete no tenía, ni de lejos, la agilidad de la china. El golpe fue tal que lo envió al suelo, arrastrando con él a la montura. Caballo y jinete rodaron, dando varias volteretas en su caída. El que venía inmediatamente detrás de él no tuvo tiempo a detenerse; el caballo tropezó con el del compañero caído y salió catapultado hacia delante, volando varios metros por los aires. La mayoría de los encapuchados tiraron fuertemente hacia atrás de las riendas de sus monturas, para evitar sufrir el mismo destino que su impulsivo compañero. Uno de ellos, el que iba más rezagado, continuó la carga. Trataba de aprovechar el hueco dejado por los compinches derribados y tener una línea de tiro clara contra Amos. Jonathan se dio cuenta de sus intenciones y con la velocidad del relámpago desenfundó. Desenfundar y disparar fue un único movimiento; la bala atravesó el hombro derecho del Jinete Nocturno, deteniendo en seco su carrera. Su puntería era magnífica; acertar a aquella distancia a un objetivo en movimiento y con la pobre luz que había era un logro al alcance de muy pocos.

Llegaban sonidos de disparos de otros lugares de Villa Carnicero. En las calles laterales y por todo el barrio probablemente se estaban repitiendo escenas similares. O mucho peores incluso, porque no habría nadie para defender a los residentes.

 

 

Continuará…

 

 

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 

 

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