martes, 28 de abril de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap 10






Capítulo X

 

A toda prisa marcharon de vuelta a la casa de McIntire, no querían arriesgarse a acabar nuevamente en una celda. No con el peligro que se cernía sobre la ciudad y con tantas cosas por hacer. Ya habría tiempo de arreglar los asuntos con la ley, si conseguían salir vivos.

—Hay algo de kármico en que los hombres que mataste anoche hayan vuelto de la tumba para acabar contigo —le dijo Shi Kwei a Amos por el camino.

Ya habían reducido el paso porque se encontraban a cierta distancia de la oficina del sheriff y no querían levantar demasiadas sospechas.

—Vale, está bien. He aprendido la lección.

Tras el reconocimiento a regañadientes Amos se dirigió a Jonathan, fingiendo que Shi Kwei no estaba allí.

—¿Es siempre así de odiosa?

—Sí. Sobre todo cuando tiene razón —apostilló McIntire.

Ya no se dijo nada más hasta que llegaron a la casa. Una vez en ella, lo primero de lo que se ocuparon fue de curar a Shi. La herida no era muy profunda pero iba a necesitar de sutura. Fue la misma Shi la que se cosió, demostrando una fuerza de voluntad que rozaba los límites de lo humanamente posible. Una vez terminó el doloroso proceso, mezcló con agua algo que sacó de una pequeña bolsa, hasta formar una espesa pasta que extendió sobre la zona afectada.

—¿Qué es eso? —preguntó curioso Jonathan.

—Evita que se formen cicatrices.

—Así que ese es tu secreto. Siempre me había preguntado cómo tenías una piel tan fina y perfecta con todas las heridas que recibes.
Fotograma de Kung-fu y los 7 Vampiros de Oro

 

El comentario sin mala intención consiguió sonrojar a la muchacha. En cuanto se dio cuenta de lo incómodo del momento, Jonathan cambió de tercio la conversación.

—Tenemos que ir a por esos monstruos ya mismo. A cada minuto que pasa les damos la posibilidad de que sigan creando nuevas monstruosidades como a las que nos acabamos de enfrentar.

—Para el carro un momento. Se supone que soy yo el de las ideas suicidas. Vale que debemos apresurarnos, en eso estoy contigo. Pero necesitamos prepararnos bien y a Shi no le vendría nada mal un pequeño descanso. Además, tengo una idea que quiero probar —dijo Amos sin querer dar más explicaciones.

—Bien, tienes una hora —concedió McIntire.

—Pues entonces acompáñame al establo, voy a necesitar ayuda. ¿Qué tal se te da tallar madera? —preguntó Amos.

Antes de que se marcharan Shi Kwei les advirtió.

—Hay alguien que nos está vigilando. Cuando os llevaron a los calabozos, me aposté en un tejado de la acera de enfrente y pude ver a varios hombres de raza negra que no quitaban ojo del lugar.

La cara de Jonathan se iluminó con una sonrisa.

—Eso nos podría venir muy bien y ahorrarnos mucho tiempo para localizar la guarida de los monstruos.

Al ver las muecas de incomprensión de sus dos compañeros, McIntire se extendió en su explicación.

—Si nos siguen es porque han de informar al Barón Samedí. Cuando nos vean salir en dirección a Villa Carnicero con todo el equipo, no tardarán en irle con el cuento a su siniestro señor. Shi Kwei podría seguir a los que nos siguen y averiguar dónde se esconden esas aberraciones. ¿Podrías hacerlo sin ser vista? —le preguntó a la muchacha.

—La duda ofende —dijo algo molesta Shi.

—Entonces, manos a la obra. El tiempo es oro —dijo Amos.

 

El sheriff Daniels miraba entre el asco y el horror los restos del infierno que se había desatado en su oficina. Cuatro alguaciles y el jefe O´Brian yacían tendidos en el suelo entre enorme charcos de sangre. Tenía a dos cuerpos descabezados en la zona de los calabozos y, para añadir más misterio, los prisioneros habían desaparecido.

—Esto es un puto desastre —repetía sin cesar a los dos agentes que le acompañaban.

Trataba de ordenar las piezas del puzzle en su cabeza pero nada de aquello parecía tener sentido.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? Ese McIntire nunca me pareció trigo limpio. Nunca pude demostrarlo, aunque estoy seguro de que en alguna manera estuvo implicado en los crímenes del Golden Hotel y su posterior incendio. Probablemente lo quemó para esconder pruebas y evidencias que le incriminaban. Pero esta vez ha ido demasiado lejos. Quiero a todos los agentes de la ciudad tras ese hijo de puta y sus dos socios. Va a pagar por las muertes de estos hombres —ordenó a sus dos hombres.

—No señor. No hará usted nada de eso.

La potente voz llegaba desde su espalda. Daniels se giró para encararse con el que se había atrevido a hablarle de tal manera. Al ver que se trataba del alcalde Pond se contuvo de lanzar un exabrupto y quedó desubicado por unos instantes.

—Señor alcalde, no esperaba verle por aquí —acertó a decir.

—No tengo mucho tiempo, Daniels. Dejemos los formalismos para mejor ocasión. Debe olvidarse de McIntire y sus asociados. A partir de ahora haga como que no existen. No vuelva a molestarlos —dijo rotundo el alcalde.

El sheriff Daniels indicó a los dos alguaciles que le dejaran solo.

—¿Sabe usted que esto no es cosa mía? Hay gente muy importante interesada en tenerles fuera de juego.

—Devuelva el soborno con el que le hayan huntado los de la Suprema Orden Caucásica. Yo soy el que decide quién ocupa el puesto de sheriff. Si quiere conservar su trabajo, haría bien en hacerme caso a lo que le he dicho.

Daniels estaba sumamente extrañado con aquel ataque de dignidad del alcalde. Lo conocía bien y sabía que estaba tan corrupto o más que él mismo. Si estaba dispuesto a enfrentarse a la Orden, tenía que estar muy determinado a hacerlo. Así que Daniels no argumentó más y optó por agachar la cabeza.

Edward Pond, alcalde electo de San Francisco, abandonó la oficina del sheriff y se subió a un coche de caballos cubierto. En el interior esperaba un hombre repeinado con el pelo cano. La perilla en su barbilla y el monóculo le daban un porte nobiliario. Acariciaba a un gato marrón al que le faltaba un ojo.

—Espero que sea suficiente con lo que he hecho —dijo Edward Pond.
 
 

—Excelente, señor alcalde. Su pequeño secreto quedará entre nosotros dos, tal y como le prometí. No podemos permitir que una cosa así acabe con su prometedora candidatura a gobernador. No llego a imaginar el disgusto que se llevaría su esposa, si llegara a enterarse del pisito que comparte usted a veces con esos chicos tan jóvenes.

La vergüenza que sentía impidió a Edward Pond articular palabra.

El extraño rascó al feo gato entre las orejas y el animal ronroneó de placer.

 

El Barón Samedí continuaba trabajando en su blasfema tarea. Aún quedaban dos decenas de cuerpos, que sus sirvientes habían recuperado de la masacre. El ritual de reanimación llevaba su tiempo y necesitaba aumentar su ejército. Los zonbis que había enviado a acabar con McIntire y Amos Cesay habían fallado en su objetivo. Estaba seguro que los cazadores no tardarían en volver a causar problemas, así que quería tener todas las ventajas en su mano cuando eso ocurriese. Cuando su fiel sirviente humano apareció nuevamente, presintió que iba a pasar más pronto de lo que pensaba.

—Monsieur, los cazadores vienen.

Samedí miró al humano como un hambriento miraría a un jugoso pollo asado.

—Dime. ¿Cómo sabes que vienen hacia aquí?

—Se dirigían hacia Villa Carnicero y van cargados de artillería y estacas de madera.

—¿Quiénes? —le apremió hoscamente Samedí.

—Amos y McIntire.

—¿No estaba la china con ellos?

—No, tan solo estaban los dos.

Por primera vez en la escueta conversación el hechicero no muerto dejó de prestar atención al cadáver al que pintaba símbolos de magia negra con su propia sangre.

—Estoy rodeado de estúpidos —dijo con fingida calma—. ¿No te das cuenta de que has sido tú quién les ha traído hasta mí? —preguntó clavando sus pupilas en el asustado hombre

—Pero monsieur, eso es imposible —dijo tartamudeando el sirviente—. Me aseguré de que nadie me siguiera —intentó excusarse.

—¿Cuál es tu oficio? —preguntó el vampiro.

—Curtidor —respondió sin comprender el porqué de la pregunta.

—¿Y pretendes compararte en sigilo e infiltración con una artista marcial que lleva entrenándose desde su infancia?

El hombre no respondió. Tragó saliva y el ruido que hizo pudo oírse claramente en el gélido silencio que se produjo.

En un instante el vampiro pasó de la tensa calma a una demostración de rabia bestial. Al desafortunado sirviente no le dio tiempo siquiera a gritar. Apenas llegó a ver como un demonio, de ojos rojos e inyectados en sangre, se abalanzaba sobre él. Enseguida el dolor de la carne desgarrada en su cuello lo envió a la inconsciencia. Por suerte para él.

Con el caliente líquido escarlata aún desbordándose por la comisura de sus labios, Samedí se apartó de su víctima tras saciar su sed eterna, dejándola caer como un muñeco roto.

El destino se volvía un tanto esquivo con sus planes, pero él era un maestro en sobrevivir ante las adversidades. Había sabido convertir en una victoria los errores pasados. De hecho debía su posición en la organización de Marie Laveau a uno de ellos.

Él era un neonato a las órdenes de la Reina del Vudú cuando le fue encargado acabar con la Baronesa Drácula. La perra carpática volvía con el rabo entre las piernas después de que los cazadores acabaran con toda su familia. Laveau supo de inmediato que debía detenerla antes de que alcanzara su fortaleza en Europa. Los Drácula eran un obstáculo para hacerse con el título de Señora de las Casas Vampíricas. Si uno solo de ellos sobrevivía, los que se le opusieran en sus planes se orquestarían en torno a ellos.

Con otro grupo de neonatos intentaron detener el tren que debía llevar a la Baronesa hasta Nueva York. La Baronesa Drácula demostró ser algo más que el florero que todos creían que era, y consiguió escapar a la emboscada, no sin perder a muchos agentes y recursos. Acorralada y sin poder regresar a su hogar ancestral, la última de los Drácula decidió jugar la única baza que tenía a su favor. Ir a por las cenizas del Príncipe de la Oscuridad y traerlo de vuelta al mundo de los vivos.

Aquello casi había mandado al traste las expectativas de Laveau, y el propio Jacques a punto estuvo de pagar por ello con su no vida; pues Jacques era el nombre que usaba antes de ser el Barón Samedí. No solo no habían terminado con los Drácula sino que el propio conde había regresado del infierno, era el peor de los escenarios posibles. Pero he ahí que el destino puso a los cazadores, y a su némesis Van Helsing, en el camino del recién resucitado Señor de los Vampiros y su esposa, con un resultado sumamente beneficioso para los planes de Laveau. El buen humor de la Reina del Vudú consiguió que Jacques pasara de ser una potencial cabeza en una pica, a ser el elegido para establecer en el nombre de Laveau una cabeza de puente en la ciudad de San Francisco. Un regalo envenenado, no le quedaba duda. Tan seguro como que el odioso sol salía tras cada noche, que su señora no iba a tolerar un segundo fracaso.
Fotograma de American Horror History
 

Que vinieran los cazadores, estaba preparado. Desde su renacimiento como vampiro la magia se había hecho fuerte en él. Tenía el poder de los no muertos y a los Loa a su servicio, contaba con los zonbis que había podido levantar y también estaba su lacayo vampírico Marcus. Él no le fallaría, no podía hacerlo aunque quisiera. Ahora su alma pertenecía al Barón Samedí.

 
Continuará…

 

 
 

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 

 

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