viernes, 6 de junio de 2014

La Tribu de la Araña Parte 1





Hace más de un año, en el antiguo blog de la Garra, se publicó un serial protagonizado por el mítico personaje clásico y de aventuras Allan Quatermain, relacionándolo con el universo de La Garra. Hemos decidido recuperarlo aquí, para los que os lo perdisteis en su momento. Disfrutadlo.
 
La Tribu de la Araña Parte 1
Escrito por Miguel Ángel Naharro. Ilustración de Jacobo Glez.
 
 
 
Murudu permanecía con los ojos cerrados mientras la sacerdotisa le pintaba con las pinturas de color rojo los ornamentos y los símbolos, en especial, la gran araña dibujada amenazante sobre la frente del líder de la tribu africana de los Vikunga.

La anciana terminó el ritual y depositó en la pierna del hombre un puñado de arañas, grandes y peludas tarántulas, venenosas y letales, que recorrieron su cuerpo tranquilamente, hasta quedarse posadas en sus hombros.

Los ojos del jefe de la tribu se abrieron repentinamente y agarró una de las arañas, levándola con sus dedos; la araña no reaccionó violentamente, ni intentó escapar cuando el hombre se la llevó a la boca, así que comenzó a masticarla y a devorarla, siguiéndole después el resto de arañas.

Sintió como la adrenalina se le disparaba en el cuerpo; una fuerza y vitalidad que le recorría por completo, insuflándole un poderío que jamás creyó poseer.

Ya estás preparado, gran Murudu, la diosa-araña esta de tu parte y nada podrá derrotarte. —observó con adulación la anciana con una sonrisa macabra e inquietante, mostrando todos los dientes que conservaba, pese a la edad, inmaculados.

La anciana respondía al nombre de Araye, y calentó en un pequeño fuego unos hierros hasta que estos se pusieron el rojo vivo por el calor.

Araye le clavó los delgados hierros en el pecho, hundiéndolos en la piel como el cuchillo se hundía en la mantequilla.

Increíblemente, no sintió ningún dolor, ni la sangre brotó de las heridas realizadas.

—La diosa premia a sus seguidores, y nada podrá ya vencerte ni pararte, todas las tribus doblarán la rodilla ante tu poder, incluso el hombre blanco retrocederá ante tu avance.

Murudu se retiró los hierros con las manos y los dejó en un lado de la tienda. Su ceño se frunció.

—El hombre blanco… —se quedó pensativo unos instantes. — ¡Sí! Acabaremos con ellos, los expulsaremos de nuestras tierras para que no vuelvan jamás o los mataremos y saciaremos nuestra sed de sangre con su propia carne…

Salió de la cabaña y pudo contemplar con orgullo los cientos y cientos de guerreros que acampaban, velando armas y deseosos de seguir sus ordenes sin cuestionarlas.

Un montículo de piedra negra, con el sagrado símbolo de la diosa araña, presidía el poblado.

Meses atrás, su tribu era una más entre las del continente, antes de la llegada de Araye a su pequeño poblado. Como curandera, se ganó enseguida la confianza de Mbalo, el líder de la tribu, y entró en su círculo más cercano.

La anciana poco a poco intentó influenciarle, y acabó siendo la consejera del jefe de la tribu; no de forma oficial, pero todo el mundo sabía que lo era.

Su lugarteniente era Murudu, y cuando Mbalo no siguió los consejos de la anciana, que la apremiaban a acabar con sus tribus vecinas y reunir un ejército que sirviese a la diosa araña, a quien Mbalo no reconocía, fue en su segundo al mando en quien se fijó Araye.

Un día, la anciana le regaló unas piedras ornamentales llenas de pinturas a Mbalo, disculpándose por su atrevimiento; este las aceptó, junto a sus disculpas de buen grado y las colocó en el interior de su cabaña. Cuando descansaba a la noche siguiente, las piedras se abrieron y, de dentro de las mismas, surgieron unas extrañas y abominables arañas, que le picaron, dejándole paralizado con su veneno. Lentamente le fue consumiendo por dentro hasta dejarlo convertido en una carcasa vacía y putrefacta.

Al día siguiente, Murudu fue nombrado el nuevo señor de la tribu, e instauró la única religión posible, el único dios al que podían adorar fue, a partir de entonces  y para siempre la diosa araña.

           

El líder tribal elevó su lanza y su escudo y como un solo hombre, sus innumerables guerreros se alzaron como uno solo.

Y mientras tanto, Araye sonreía con una mueca desagradable y repulsiva.

 
Ilustración de Jacobo Glez

 

El cazador inglés se inclinó y observó el terreno, se apoyó en su rifle y se volvió a levantar. Era un hombre con el cabello encanecido, y con una barba a juego; sus días de juventud ya eran cosa del pasado.

—Un sendero tembo. —indicó a uno de los hombres que le acompañaban.

El hombre, algo entrado en carnes, y que parecía completamente fuera de lugar puso cara de extrañeza.

— ¿Tembo?

—Un sendero de elefantes. —contestó un nativo africano que se les acercó, lo que hizo incomodar al hombre. Era alto y fuerte, y apoyaba un hacha en sus grandes hombros.

—No tema, señor Keth, Umslopogaas no se come a nadie, en su tribu hace tiempo que se dejó de comer carne humana…

La cara de Keth fue todo un poema, y Allan Quatermain se echó a reír. Su amigo africano le imitó.

—Será mejor que no nos alejemos, en otra ocasión le llevaré a cazar elefantes, pero nos esperan en el fuerte.

Keth tragó saliva y asintió. Siguió a Quatermain y a su amigo africano a reunirse con los porteadores y la pareja de soldados ingleses que les acompañaban en su viaje.

Se internaron en la frondosa selva, cruzando al lado de árboles con troncos enormes como casas, gruesas raíces, cantos de pájaros y gritos de monos que se movían de rama en rama de los árboles.

Tras caminar durante unas horas, Umslopogaas se detuvo ante el tronco de un árbol, observando algo que le acababa de llamar la atención.

Allan Quatermain se puso a su lado y sus ojos se posaron en una marca tallada en el tronco, era una especie de forma, que le asemejaba a una araña y un símbolo que la envolvía.

— ¿Cuál es su significado, Umslopogaas? —preguntó el inglés.

El africano pareció rezar a alguno de sus dioses y después se volvió hacia el cazador.

—Es dawa, Macumazahn[1].

Quatermain se quitó su sombrero y se acarició su barba, dawa era un término para referirse a las fuerza mágicas. Según algunas creencias tribales, se encontraba en todas partes, en las plantas, en la tierra, en los animales, en el cielo.

— ¿De qué tipo de dawa hablamos?

Una sombra cruzó en el rostro del africano.

—De la peor posible, la más oscura y terrible.

Quatermain se volvió a poner su sombrero y sujetó su rifle, observando como uno de los soldados le hacía indicaciones de que volviesen a unirse a ellos.

—Vámonos, amigo mío. —dijo con un mal presentimiento que comenzó a crecer en su interior.



[1] Macumazahn  “el que vigila en la noche”

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