jueves, 24 de abril de 2014

Adelanto EN TIERRA PRESTADA de Amando Lacueva


 
 
 
 
 
 

Un pequeño adelanto, una introducción de Amando Lacueva, para EN TIERRA PRESTADA, que veréis próximamente publicada por Dlorean.

 
 
1
 
En un tiempo muy lejano
 
El muchacho se encontraba erguido. Andaba con el torso desnudo y vestía unos pantalones holgados tipo bermudas. Sus pies los protegía con unas sencillas sandalias. Llevaba puesto sobre el puente de su nariz, una especie de gafas enormes y sumamente extrañas. Se trataba de una mini cámara de televisión y un sensor de distancia y movimiento por ultrasonidos, ambos montados sobre esas aparatosas gafas. Su cráneo rapado, estaba plagado de implantes cerebrales que recogían las imágenes captadas por la mini cámara y el sensor de ultrasonidos, y eran  procesadas en el ordenador que llevaba a la cintura. El ordenador, después de procesar las imágenes, activaba una segunda microcomputadora que transmite la señal a las docenas de electrodos de platino que el adolescente tiene implantados en la superficie del cerebro, en el córtex visual, y las mismas son transmitidas a un receptor remoto donde se procesan y visualizan las imágenes captadas. El chico miró en rededor.


Se encontraba en medio de una especie de selva tropical repleta de enormes palmeras, helechos gigantescos y coníferas, increíblemente voluminosas. Los enormes ginkgos, —el árbol conocido como de los cuarenta escudos—, tapaban  gran parte de su visión. Se acuclilló y se ocultó tras unos helechos, acababa de escuchar un sonido parecido a un rugido que le heló la sangre. Al hacerlo, un leve crujido le obligó a desviar la mirada al suelo encharcado, hacia sus sandalias. Acababa de aplastar una especie de artrópodo de enorme tamaño. La huella de su sandalia había quedado dibujada en el barro, junto al insecto aplastado. Rápidamente le sobrevino una arcada que logró detener, no sin esfuerzo. El hedor que desprendía el bicho era nauseabundo, y la visión de aquella masa uniforme, resultaba del todo vomitiva. El chaval desvió la vista hacia el cielo, más allá de las copas de los titánicos árboles. La cúpula celeste estaba presidida por los débiles rayos del Sol. El astro rey se encontraba en su ocaso; dentro de pocos minutos, la noche caería y sembraría de oscuridad y mil sombras el bosque de helechos gigantes. Su cara dibujó una mueca de asombro, algo no parecía encajar. Consultó su moderna brújula incorporada al cinturón. El muchacho golpeó contra su muslo repetidamente la brújula, no parecía funcionar bien. Así, de cuclillas como se encontraba, tomó su pequeña pizarra plástica y alineó el transportador con el vértice del ángulo del Sol. El Sol, pese a su ocaso, parecía ponerse por el este. Volvió a encogerse sobre sí mismo, el rugido se hizo más audible. Aquella cosa que lo emitía se acercaba peligrosamente hacia donde el joven se había ocultado. En un arranque de valor, el adolescente apartó con su mano uno de los gigantescos helechos para intentar tener una visión más clara del ser que emitía aquel escalofriante rugido.
 
 
Nunca había visto ni imaginado nada parecido. Se trataba de un grupo de arcosaurios, aunque él desconocía la especie «mamíferos reptiloides». Caminaban sobre dos patas acabadas en algo parecido a un pie. De sus extremidades superiores sobre salía una especie de membrana, sin duda al extenderlos, se convertían en alas capaces de hacer que aquellas repugnantes pugnantes criaturas surcaran los cielos. Poseían una mandíbula alargada, repleta de afilados dientes, sus ojos eran sumamente pequeños, carentes de pupilas y de un negro brillante. Su altura oscilaba entre un metro y un metro diez centímetros, aunque existían criaturas de mayor tamaño que mantenían una prudente distancia de ellos, éstos se encontraban algo más rezagados que el resto. Parecía que los seres de menor tamaño actuaban como avanzadilla de la comitiva. Contaban con una larga cola acabada en forma de diamante y emitían constantemente escalofriantes rugidos, su visión le trajo a la mente el recuerdo de dibujos y pictografías referentes a demonios, su cuerpo se estremeció mientras contenía la respiración y amortiguaba mentalmente el latido de su corazón.

 


Aquellos seres iban en grupo, seguramente de expedición hacia algún lugar indeterminado del inmenso bosque. El adolescente pudo contar desde su escondrijo hasta cuatro de aquellos horribles seres, pero por el ensordecedor ruido que emitían, estaba convencido de que eran muchos más. Miró con desesperación el suelo encharcado en busca de un arma con la que defenderse, pero solo encontró un palo alargado...

 

 

Próximamente....
 
 
 

 

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