martes, 10 de noviembre de 2015

Weird West: Caminante de la Piel Cap.3


 
 
 
 
 

Weird West: Caminante de la piel Cap. 3
Escrito por J.r. Del Rio


 
III
Era pasado el mediodía cuando hallaron los restos de la carreta y de sus ocupantes, aunque los carroñeros habían delatado su presencia mucho antes. Y el hedor, repugnantemente dulzón, se propagaba a media milla de distancia.
—Santo Dios —masculló Rawlins. Sus compañeros se apartaron de él, previendo una nueva vomitona.
La carreta estaba volcada sobre uno de sus costados. Los dos caballos muertos se pudrían bajo el sol, exhibiendo los cuartos traseros despellejados, en los que faltaban gruesas lonjas de carne. Pero el horror, el verdadero, esperaba por ellos del otro lado del carromato, en la forma de tres cadáveres. Un hombre, una mujer y una niña de no más de diez años. Mutilados y despellejados, también echaban en falta la carne de sus cuerpos, exhibiendo en muchas partes el blanco del hueso. Las aves se amontonaban, voraces, sobre ellos, y no se apartaron hasta que Colorado las ahuyentó a base de gritos y ademanes.
—Los conozco —dijo Huxley, quitándose la gorra en respeto por los muertos—. Un predicador y su familia. Hace como diez días que pasaron por Fort Cooke. Creo que iban a probar suerte al Canadá.
—Suerte es lo que les ha faltado —comentó Baker, al que los golpes no le impedían seguir mascando tabaco—. Pobres diablos…
Rawlins no vomitó, para sorpresa de todos. Sólo se limitó a descubrirse y agachar la cabeza. Lloraba en silencio, sin disimular las lágrimas.
—¡Scout! —llamó el teniente, que permanecía a lomos de su yegua, tan distante como ajeno al infernal espectáculo—. ¿Qué puede decirnos de esto?
—Atacaron ayer noche, mientras acampaban. —Billy ya había desmontado, y caminaba entre los despojos con la vista fija en el terreno—. Mataron a cuchillo. Comieron aquí mismo.
Fueron estas últimas palabras, su horrendo significado, las que ocasionaron el frío que recorrió las espaldas de los hombres a pesar del intenso sol.
—Malditas bestias —gruñó Curtis, con el cigarro apretado entre los dientes, mientras intentaba no mirar el hueso mondo de lo que había sido una pierna.
—Animales, son animales… —repetía con voz quebrada el recluta. Colorado le puso una mano sobre el hombro.
—¿Tenemos un rastro?
Billy ignoró la pregunta del teniente, dio una vuelta alrededor de los restos de la fogata y fue examinando ramas partidas, hierbajos pisoteados y tierra revuelta; nimios detalles invisibles para el ojo del hombre «civilizado». Se puso en cuclillas, arrancó un puñado de hierba y se lo llevó a la nariz. Chance estuvo a punto de repetir la pregunta, pero Huxley lo detuvo.
—Déjelo hacer, teniente.
Pasados unos minutos, el scout señaló, con el dedo extendido, en dirección noreste, allá donde crecían unas arboledas que eran casi bosques y, más allá de éstas, surgían unas sierras de aspecto irregular, como dientes mellados.
—¡En marcha, señores! —exclamó el teniente, azuzando su montura.
—¿Y los cuerpos, señor? —preguntó Curtis, que no tenía ganas de volver a hacer de enterrador, pero menos aún de dejar los restos de tres inocentes como bocado para las alimañas.
—Poco podemos hacer por ellos, más que vengar sus muertes. ¡Vamos!
Chance ya se alejaba al trote. Billy volvió a montar de un salto. Huxley y los cuatro soldados se miraron.
—¿Vamos a dejarlos ahí tirados? —La pregunta la hizo Rawlins, el recluta, mientras se restregaba los ojos enrojecidos.
—No hay tiempo para nada más —dijo, resignado, el sargento, e hizo volver grupas a su caballo—. Ya oísteis al teniente, en marcha.
Colorado se santiguó.
—Que Dios nos perdone a todos.
—Dios no tiene nada que ver con esto —señaló, con un escupitajo, Baker.
Faltaba poco para el atardecer cuando les dieron alcance. Diez jinetes que montaban a pelo, y a los que avistaron a un par de millas de distancia. Chance picó espuelas, lanzándose al galope, y los demás lo imitaron. Hubo un breve intercambio de disparos conforme se acercaban, pero la distancia era aún excesiva para los rifles, que igualmente perdían gran parte de su precisión al ser disparados desde la silla y a galope tendido. Luego, los renegados se retiraron, con los soldados tras ellos. Lanzaban chillidos al aire mientras huían, de burla y desafío. Huxley acercó su montura a la de Billy.
—El más alto es Cuchillo Rojo —dijo el scout, señalando una de las formas ecuestres en la distancia. El sargento entornó los ojos.
—Veo a uno con manto de piel.
—Es Corre con Lobos, el brujo. Él hizo a Cuchillo Rojo.
—¿Qué quieres decir?
—Lo convirtió en lo que es hoy.
—¿Y qué es?
—Una bestia con piel de hombre.
Entonces, Rawlins voló por encima de la silla y fue a dar de bruces contra la tierra por culpa de una madriguera de conejo, que atrapó una de las patas delanteras de su caballo, partiéndosela como una rama seca. Aturdido y con la boca llena de sangre, se empezó a incorporar, y a desesperarse ante la perspectiva de ser dejado atrás. Pero Colorado volvió para recogerlo.
—¡Sube! —le gritó, ofreciéndole el brazo. El recluta trepó tras él.
—…acia —masculló. Quiso decir «gracias», pero el haberse mordido la lengua hasta casi cortarse un trozo se lo impedía. El otro lo entendió, de todos modos.
—Dispárale a tu caballo, chico —le dijo—. No puedes dejarlo así.
Rawlins oyó los relinchos lastimosos del pobre animal. Le apuntó con el rifle a la cabeza y disparó sin mirar. Después salieron a la zaga de sus compañeros.
Desde la distancia —que se acortaba cada vez más— vieron separarse a los pieles rojas en dos grupos. Cuatro se internaron con los caballos en una densa arboleda, mientras que los otros seis —entre los que Huxley distinguió la alta figura del líder y, cabalgando a su lado y con el manto ondeando tras él, la del brujo— seguían rumbo a las sierras. Eso los puso en una disyuntiva.
—Si seguimos tras Cuchillo Rojo, nos exponemos a una emboscada de los que quedaron atrás —dijo el sargento, junto al teniente—. Si paramos para ocuparnos de ellos…
—Nos arriesgamos a perder a su líder. Entiendo, Huxley: esos cuatro están dispuestos a sacrificarse para que Cuchillo Rojo pueda escapar. ¡No les seguiremos el juego!
—¿Entonces?
—Usted y su indio deberán bastar para limpiar esa arboleda. Yo y el resto de los hombres seguiremos tras ellos.
—¡No! —intervino Billy, retrocediendo un poco para unírseles—. Yo debo ir a por Cuchillo Rojo.
Huxley lo miró, sorprendido. Chance no estaba dispuesto a discutirlo.
—Ya está decidido y es una orden, scout.
—¡No! —exclamó Billy de nuevo. Y tras azuzar a su montura, salió disparado en un galope que ninguno pudo igualar. Ni siquiera el teniente con su briosa yegua, quien, furioso, desenfundó el revólver.
—¡Maldito indio sedicioso!
Pero Huxley desvió el arma de un manotazo, antes de que pudiera ponerla en línea de tiro.
—¿Qué demonios cree que hace, Huxley? —Los ojos de Chance echaban chispas—. ¿Proteger a un desertor? ¡Puede costarle ser fusilado!
—El scout se enfrentará a las consecuencias cuando esto acabe, señor. Y yo también. Pero ahora lo necesitamos para que nos lleve hasta Cuchillo Rojo.
El teniente guardó el revólver. Parecía estar librando una lucha consigo mismo.
—Escoja a un hombre para ir a limpiar esa arboleda —gruñó al fin.
—Me llevaré a Curtis.
—Bien. Cuando volvamos a Fort Cooke, su indio responderá por esto. Y usted también.
—Entendido, señor. —Y en voz baja añadió—: Si es que volvemos.
 


Continuará...
 
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martes, 3 de noviembre de 2015

Weird West: Caminante de la Piel Cap. 2

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Weird West: Caminante de la piel Cap. 2

Escrito por J.r. Del Rio
 
No era mucho lo que quedaba para enterrar, en efecto, pero eso no impidió a los soldados quejarse —entre ellos y por lo bajo— mientras cavaban la fosa común y bebían furtivos tragos de una petaca de aguardiente.
—Como si no tuviésemos bastante con los renegados asesinos de Cuchillo Rojo —mascullaba Baker, con la boca llena de tabaco—, que también podemos acabar en el estómago de un jodido oso grizzly.
—Que fueron lobos —insistió Colorado, sudando copiosamente bajo el sol de media mañana—. Esto ha sido obra de una jauría de lobos muertos de hambre.
—¡Eh, Rawlins! —llamó Curtis, con el cigarro colgando de la boca—. ¿A qué esperas para traerlo?
El joven recluta venía dando tumbos, arrastrando por el brazo lo poco que había quedado de McCullins.
—Creo que voy a volver a enfermar…
—¡Venga, recluta, si ya no debe quedarte nada en las tripas!
—No digas esa palabra, Curtis…
—¿Cuál, «tripas»?
Una ruidosa arcada fue la respuesta. Colorado resopló.
—A este paso no acabaremos nunca.
—¿Sabéis qué es lo que me toca las bolas? —Baker escupió hacia un lado y entrecerró los ojos bajo el sol, dando un largo beso a la petaca—. Que nosotros estemos aquí, haciendo de enterradores, mientras ese indio roñoso descansa a la sombra.
Miraba en dirección a Billy, el scout, que seguía alejado del grupo, con la vista perdida hacia lontananza. Y que así permaneció, hasta que el sargento Huxley le dijo, acercándose por detrás:
—Algo te inquieta.
El nativo asintió con un gruñido, sin volverse. El sargento se paró a su lado. Componían una curiosa pareja: tan altivo y espigado el primero, regordete y algo encorvado el suboficial nacido en Maryland, veterano de las guerras Indias y la Civil. Un hombre que no había conocido otra familia que el ejército, ni otro medio de vida que la guerra.
—¿No crees que hayan sido animales? —No obtuvo respuesta, y eso lo animó a proseguir—: Billy, sé que Cuchillo Rojo y su banda han hecho cosas terribles, pero esto…
—Has oído lo que se cuenta sobre Cuchillo Rojo, sobre él y el brujo que lo aconseja.
Huxley asintió.
—Que él y los suyos se ocultaron en las montañas, después de la derrota en Bear Paw. Dos docenas de guerreros, heridos y medio muertos de hambre. Nadie pensó que sobrevivirían al invierno.
—Pero lo hicieron. —Billy se volvió y Huxley retrocedió, impresionado por la negra intensidad de su mirada—. Apenas un puñado, menos de la mitad de los que huyeron, bajaron de las montañas con el deshielo. A sembrar el horror y la muerte. Mucho más fuertes y feroces.
—¿Estás diciendo que esta masacre fue cosa de ellos?
Antes de que Billy pudiese responderle, algo atrajo su atención.
—¿Qué porquerías indias llevas aquí? —Se trataba de Baker, que había dejado a sus compañeros echando las últimas paladas de tierra sobre la fosa para acercarse a la montura de Billy, que ahora revisaba con descaro—. ¡Creí que ya te habíamos civilizado!
 —Deja mis cosas.
El corpulento soldado no se dio por aludido: miró dentro de las alforjas, adornadas con símbolos tribales, y manoseó el asta de una larga lanza que llevaba colgada de los arreos, con la punta envuelta en una funda de piel. El scout fue hacia él con el ceño fruncido, seguido de cerca por Huxley, quien ya preveía problemas.
—¿Y qué me dices de esto? —se burló—. ¿Cuántas guerras tenemos que ganarles para que aprendan que un palo con punta no puede hacer nada contra una bala?
—Deja mis cosas —repitió Billy, y esta vez apartó a Baker de un empellón. Éste retrocedió dos pasos, sorprendido por el ímpetu del joven nativo. Luego lo miró con los ojos entornados, y una sonrisa de desprecio.
—Oblígame, salvaje.
—Baker, me parece que has pasado demasiado tiempo al sol —intervino el sargento, que ya había visto ese brillo en los ojos del scout y sabía que no presagiaba nada bueno para quien tuviese delante—. Ve al río a refrescarte las ideas, ¿vale?
—Como digas, sargento.
Pero al pasar junto a Billy, Baker se volvió para sorprenderlo con un puñetazo a traición, derribándolo. Después le soltó una patada en las costillas.
—¡A mí ningún jodido y sucio indio me dice qué hacer! —exclamó; y acompañó el insulto con otra patada que hizo rodar por tierra a Billy, que quedó hecho un ovillo. Pero cuando una tercera patada salió buscando su cabeza, logró detenerla. Atrapó la pierna de Baker entre las manos y, con un rápido giro, lo derribó de espaldas. El soldado gritó y Billy se le fue encima con la agilidad de un puma y descargó una lluvia de puñetazos sobre él.
—Suficiente, Billy —dijo Huxley cuando, tras el quinto puñetazo, la cabeza de Baker rebotaba contra la tierra sin que éste pudiese hacer nada por protegerse—. ¡Billy!
Éste dejó de golpear. Bajo él, la faz rubicunda de Baker aparecía salpicada de sangre, que manaba de la nariz y también de un corte en un pómulo. Ya estaba por quitarse de encima cuando la diestra del soldado se movió, en busca del Colt. Baker no llegó a sacarlo de la funda. Una fría sensación en el cuello lo hizo detenerse: era el cuchillo de Billy, aparecido como por arte de magia en la mano, y cuya hoja apretaba ahora contra su piel.
—¿Qué me decías de las balas, blanco idiota? —le susurró, enseñando sus dientes en una mueca feroz.
Sonó el estampido de un disparo, que acabó en la tierra junto a los dos combatientes. El teniente Chance avanzaba a lomos de su imponente yegua blanca, al paso y con el revólver humeando en la mano. Baker apartó la mano del suyo, Billy se separó de él y envainó el cuchillo.
—¡Vuelvan al trabajo! —ordenó el sargento al resto de los hombres, atraídos por la pelea como moscas por la mierda fresca—. Se acabó el espectáculo. ¡Vamos!
—¿Qué ha pasado aquí, sargento? —preguntó con calma el teniente, devolviendo el Schofield a su funda. Sus ojos fueron del maltratado rostro del soldado al del scout, que le sostenía la mirada en actitud desafiante.
—Sólo un malentendido, teniente. Nada más que eso.
—Ya veo. ¡Baker!
—¡Señor! —El soldadote se envaró lo mejor que pudo, mareado como estaba por la paliza.
—La próxima vez que empiece una pelea, más le vale ganarla. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Vaya a lavarse. Avergüenza al uniforme en ese estado.
—Sí, señor. —Y se dio la vuelta, dirigiéndose al río. Billy permaneció donde estaba, sin apartar la vista.
—Scout.
—Teniente.
—La próxima vez que amenace a uno de mis hombres con su cuchillo, me encargaré de hacerlo azotar. ¿Entendido?
A Huxley le impresionó la transformación sufrida por su oficial superior: los rasgos aparecían tirantes, desfigurados por una emoción mucho más poderosa que el simple desprecio exhibido por Baker. En sus ojos, normalmente fríos, ardía el odio.
—Sí, teniente —respondió Billy, obviando el «señor».
—Ahora fuera de mi vista. Prepárense para seguir viaje.

—¿Cuáles son sus órdenes, teniente? —preguntó el sargento Huxley cuando ya estaban todos montados y listos para continuar.
—Seguir adelante con la misión.
—Pero parte de la misión era reunirnos con los hombres de McCullins…
—Obviamente, eso no podrá ser. Seguiremos solos.
Huxley dio un vistazo a su espalda donde, unas yardas más atrás, aguardaban Baker, Colorado, Curtis, Rawlins —que seguía pálido— y, algo apartado de ellos, Billy.
—Con el debido respeto, teniente… Sin la gente de McCullins somos apenas siete.
—Un buen número. Los renegados de Cuchillo Rojo no son muchos más que nosotros. Y confío en que cada uno de mis hombres vale por al menos tres de esos salvajes semidesnudos.
Huxley se guardó de decirle que esos «salvajes semidesnudos» conocían el terreno mejor que cualquier blanco, que habían sobrevivido a uno de los inviernos más crudos de los que se tenía memoria —posiblemente, devorándose entre ellos mismos— y que, de las tres expediciones militares que salieran en su búsqueda desde principios de año, ninguna había regresado. Tomando su silencio como confirmación a sus palabras, el teniente ordenó:
—Dígale al indio que empiece a buscar rastros, que es la única razón por la que está aquí. ¡No regresaré a Fort Cooke sin la cabellera de Cuchillo Rojo!
Unos momentos más tarde, la partida volvía a ponerse en marcha. Seguían cabalgando hacia el norte, cada vez más lejos del territorio civilizado.
 
 
 
Continuará...
 
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martes, 27 de octubre de 2015

Weird West: Caminante de la Piel Cap. 1





 

 


Weird West: Caminante de la piel Cap. 1

Escrito por J.r. Del Río

Prólogo

 

A la muerte del jefe Tuekaka de los Nez Percé, le sucedió su hijo Hinmatóowyalahtq̓it (Trueno que baja rodando por la montaña), más conocido como Jefe Joseph. Hombre de paz, imploró al entonces presidente Ulysses S. Grant  que no les arrebataran el valle de Wallowa. Éste accedió, y prohibió el establecimiento de los blancos. Era junio de 1873.

En 1875 se abrió el territorio de Wallowa a la colonización blanca, y en mayo de 1877 fueron enviadas tropas para trasladar a los Nez Percé, a la fuerza, a la reserva Lapwai. Fue detenido el chamán de la tribu, y les robaron su ganado. En represalia mataron a once colonos. Con 250 guerreros, 450 no combatientes (principalmente mujeres y niños) y unos dos mil caballos, decidieron unirse a la tribu del jefe Looking Glass en Clearwater y desde allí huir a Canadá, buscando la alianza y protección de Sitting Bull y sus Lakotas.

En Octubre de ese mismo año, tras cinco meses de guerra, su tribu casi exterminada, el jefe Joseph se rindió. Sin embargo, otro grupo liderado por White Bird consiguió llegar hasta Canadá.

Y otros grupos más pequeños permanecieron en territorio norteamericano, decididos a lavar con sangre su derrota…

 


 

I

 

Mayo de 1878, en algún lugar al sur de Montana y al este de las Rocosas…

 

La niebla cayó sobre ellos cuando se encontraban en mitad del vado, con el agua helada hasta medio muslo y los caballos agitándose inquietos bajo las monturas. Lo cubrió todo en cuestión de segundos, espesando el aire y reduciendo la visión a unos pocos palmos de distancia. Y junto con la niebla, llegó algo más.

Fueron los caballos, más sensibles al peligro, a la presencia del depredador, los primeros en advertir su aparición; corcoveando, negándose a seguir avanzando, intentando incluso volver grupas.

—Pero, ¿qué infiernos…? —protestó el sargento McCullins, líder de esa pequeña expedición de seis hombres, enfrascado en una lucha con las riendas de su aterrada montura.

— ¡He visto algo! —le llegó la voz, un par de yardas por detrás, del cabo Dobson—. Hay algo en el río…

La voz del cabo se rompió en un alarido espantoso, al que se sumó el relincho aterrorizado de su caballo y, también, el ronco gruñido de una bestia. El vado se llenó de gritos, al principio de espanto, después de agonía. McCullins desenfundó el Colt y miró por encima del hombro, sin ver nada. Su caballo se encabritó al fin y el sargento cayó al agua, que ya empezaba a teñirse del color de la sangre. Sonaron dos disparos, seguidos del alarido de otro de sus hombres (¿Nolan, Harris, o ese chico pecoso de Kentucky? ¿Cómo saberlo?), y el aullido triunfal de la bestia invisible. Desesperado, se puso a nadar, a bracear como un poseso para llegar hasta la orilla opuesta.

Lo consiguió. Primero sus pies dieron con las piedras del fondo, después tropezó, gateó y se arrastró sobre el fango. La niebla era menos densa fuera del agua, permitiéndole ver el entorno que le rodeaba: las amplias extensiones de pradera salpicadas de bosque, bajo un cielo crepuscular pintado de profético rojo.

Jadeó, sin resuello. Tras él, los gritos habían cesado y también los relinchos. Algo agitó las aguas; algo grande que avanzaba por ellas. El sargento buscó su Colt y descubrió que lo había perdido en el río. Logró incorporarse y echar a correr. A sus espaldas, algo dejó las aguas y empezó a perseguirlo, a cuatro patas.

«El Señor es mi pastor» se encomendó mentalmente a su Dios, sintiendo los pasos de la bestia cada vez más próximos «…nada me faltará.»

Ahora podía sentir su resoplar sobre la nuca, caliente y fétido, hediondo de sangre y carne humana.

«Y aunque camine por el valle de las sombras, no temeré ningún mal…»

Unas zarpas lo golpearon por la espalda con una fuerza inconcebible. Antes de que lo derribasen, unas mandíbulas se cerraron sobre uno de sus hombros como una trampa para osos, triturando músculo y hueso, alzándolo en vilo como a un pelele. McCullins se encontró mirando al cielo, luego sacudido de bruces contra la tierra. Sintió el atroz desgarro de sus tejidos y se revolvió, ensangrentado, para enfrentarse a la muerte. Vio que ésta tenía ojos amarillos, fosforescentes, y unas quijadas enormes, pobladas de colmillos, grandes como puñales…

 
 

—Una jodida masacre.

El sargento Huxley se apartó del cadáver destrozado. Los pedazos de los cinco restantes habían sido arrastrados hasta la orilla del río, entre los restos igualmente mutilados de los caballos. Una orgía dantesca de sangre y entrañas.

— ¿Encontró a McCullins, sargento? —le preguntó el teniente Chance desde su montura, el único que permanecía impasible frente a la carnicería. Rawlins, el recluta, ya se había puesto verde y echado hasta la primera papilla. Baker, Curtis y Colorado, tan veteranos como él, sólo exhibían algo de inquietud. Estaban acostumbrados a la violencia y a la muerte, pero no a esos niveles de salvajismo.

—Es este… creo —Supo que era él por las insignias. Fuera de eso, estaba irreconocible. Pobre McCullins; qué forma de mierda de dejar el mundo.

— ¿Son todos? ¿Todo el grupo de McCullins? —insistió el teniente, desmontando de un salto. Era una auténtica montaña de hombre, de más de seis pies de altura y hombros de leñador, con un rostro que parecía esculpido en un bloque de granito y mirada gris bajo los pesados párpados, que le daban una apariencia engañosamente somnolienta. Llevaba un revólver Smith & Wesson «Schofield» del 45 enfundado sobre la cadera derecha, y el sable de caballería envainado del otro lado.

—Son todos, teniente —aseguró el sargento Huxley, que tampoco iba a ponerse a contarlos trozo por trozo. Algunas aves carroñeras, ahuyentadas por la llegada de los soldados, ahora reunían coraje para volver a descender sobre el festín. El sargento las ahuyentó a patadas.

— ¡Largo, largo he dicho! Condenadas alimañas…

—Algo tienen que comer —gruñó el teniente, volviéndose luego hacia el último miembro del grupo, que había sido el primero en encontrar la masacre—. ¡Scout!

Doblado sobre una rodilla, el indio levantó la vista del terreno y las huellas. Era un joven delgado y vigoroso, de angulosas facciones y larga melena negra, que llevaba recogida sobre la nuca. Vestía una rara mezcolanza de ropas, con una ajada casaca del ejército sobre la que colgaba un collar de plumas y amuletos, pantalones de caza y mocasines. Iba armado con un rifle Winchester y un cuchillo Bowie, envainado en el cinturón.

—Los sorprendió en el río —dijo, en un inglés correcto, aunque algo cortado—. Después persiguió al sargento. Y lo atrapó.

—Eso se ve. —El teniente Chance paseó sobre el cadáver su mirada perezosa, deteniéndose en la ristra de intestinos que se secaban al sol—. ¿Quién lo hizo?

—Está claro que un oso grizzli —dijo Huxley—. ¿O no, Billy?

Billy, el scout indio, no respondió. Los dedos de una de sus manos jugueteaban inquietos con los amuletos de su collar, la otra sujetaba el cañón del rifle.

—Para mí, esto ha sido cosa de lobos —aventuró Colorado, el trampero de las Rocosas metido a voluntario del ejército—. Lobos hambrientos.

   —No dije que fueran animales.

Y con esto, Billy se incorporó y alejó unos pasos, dándoles la espalda. Chance clavó en Huxley una mirada inquisidora.

— ¿Qué le pasa a ese salvaje?

—No lo sé, lleva actuando raro desde que salimos de Fort Cooke —dijo Huxley, con un suspiro—. Hablaré con él.

—Hágalo. Que los hombres sepulten lo que puedan sepultar. Seguiremos viaje cuanto antes.

— ¿Y lo que no se pueda sepultar?

El teniente Chance miró al cielo, y a las negras aves que en él revoloteaban.

—Algo tienen que comer, sargento.
 
Continuará...
 
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jueves, 24 de septiembre de 2015

Entrevista a Luis Guillermo del Corral


 
 
Hoy hablamos un rato con el autor Luis Guillermo del Corral, que estrena su tercera novela: Vindius el Indómito.

 


1) Vindius el Indómito es la segunda novela del personaje cántabro ¿nos puedes explicar quién es y cómo se gestó el personaje?

Vindius es un héroe bárbaro. Un deseo cumplido de escribir historias homenajeando (en parte) a Robert E. Howard, y mi primera creación de espada y brujería. Como se gestó es sencillo. Por pura y simple pereza.

Yo quería crear un héroe bárbaro, pero me agobiaba la idea de crear además un mundo ex-profesor. Así que hice que viviera sus aventuras "en casa" por así decirlo. El resto... es un libro de casi 200 páginas.

 


 

 

2) Que podremos encontrar en esta nueva entrega de Vindius

Momentos muy intensos, criaturas demoniacas, magia negra, sangre... Lo mismo, pero más y mejor. Y una cierta estabilidad en el escenario en cierta parte de la historia. En todo viaje tarde o temprano se hace una pausa para descansar, ¿verdad?

 


 

3) ¿Tendremos muchas más aventuras del guerrero del norte en el futuro?

Mientras el cuerpo aguante y haya ganas e ideas, las habrá.

 

4) El mundo de Vindius, es la península ibérica en la época romana, con tintes mitológicos y de leyendas, explícanos un poco como es ese mundo donde se mueve el guerrero.

Pues es pocos años después de que acabe la 2ª Guerra Púnica, cuando Roma derrotó a Cartago, comenzando la ocupación de la Península Ibérica. Un escenario ideal para espada y brujería: Una potencia en expansión, otra derrotada, territorios inexplorados... y sin salir de casa.

 

Si alguien se piensa que eso dificulta la inclusión del elemento fantástico se equivoca de cabo a rabo. Tan solo se necesita cuidado y atención.
 

 

 

5) Eres un gran fan del género de espada y brujería ¿Cuáles son tus referentes, tanto pasados como actuales?

 
Por supuesto, Robert E. Howard, Michael Moorcock, la saga de Katham de Lem Ryan y la Compañía Negra de Glenn Cook. También, y esta la cito en especial, Marion Zimmer Bradley. Que es buena para aprender a manejar personajes femeninos.

 

 
 
 
 
 
 

6) Tienes otra novela en cartera para Dlorean, llamada "Sombras del Planeta Helado", sin desvelar mucho ¿Qué nos puedes contar de ella?

Esta es de género espada y planeta. ¿A alguien le suena John Carter? De ese estilo, aunque el escenario no es el mismo. No es Marte/Barsoom. Es el Planeta Helado. Hay acción, hay aventura... y más cosas.

 

 7) Publicaste el año pasado, Amadís y el rayo de Hierro para Neonauta Ediciones ¿que nos puedes contar de esta novela y cómo surgió la idea?

El protagonista es el mismo Amadis de Gaula que Cervantes cita en el Quijote como la obra favorita de nuestro buen amigo Don Alonso Quijano. En parte surge de mi intención de predicar con el ejemplo: Que en España tenemos fuentes estupendas para historias de espada y brujería.

 Además, en el caso de Amadis yo quería escribir algo con un personaje libre de derechos. ¿Y que más libre de derechos que una obra del Medievo? Obra que me he leído, añado por si alguien desea saberlo.

 

8) ¿En qué otro tipo de géneros y estilos que no has tocado te gustaría escribir?

 
Buena pregunta... Superhéroes en prosa, tal vez. O space opera. O, y este sí que me gustaría probarlo, detectives de lo oculto.

 

 

9) Debes tener un montón de proyectos entre manos ¿nos puedes adelantar alguna cosa?

 Veamos que puedo decir sin ser indiscreto ni gafar nada... Pues está la publicación de un final escrito para un fragmento howardiano inacabado por el Maestro de Texas. Y también una cosilla situada en tiempos modernos. Pero de eso poco más puedo decir por el momento.

Además una cosa que llevaba mucho queriendo escribir y estoy revisando ahora mismo. Lo diré así: Plomo y máscaras.

Y proyectos en si... cientos. Pero es parte de la gracia de dedicarse a esto.

martes, 8 de septiembre de 2015

Planeta Neo-Pulp

 
 
 
 
Se está preparando un nuevo e interesante proyecto por parte de la editorial. Se trata de una revista, de periodicidad cuatrimestral, intentando recuperar el espíritu de publicaciones como la clásica “Nueva Dimensión”, y que compartirá también el estilo de otras revistas actuales, como “Barsoom”,Delirio” o “Anima Barda”. Si Barsoom, por ejemplo, se nutre de material clásico y en muchas ocasiones, desconocido o difícil de encontrar, la nueva revista se alimentará de material nuevo, con autores españoles.
 
Se trata de PLANETA NEO-PULP
Una revista de 200 páginas, a unos 9,95 €, donde en cada entrega incluirá una novela completa (novelette o extensión bolsilibro) y varios relatos cortos, artículos sobre el sector, novedades, ilustraciones, entre otras muchas cosas.
Se tratará de un producto destinado en especial al llamado Neo-pulp o nuevo pulp, aunque sin descuidar el pulp de toda la vida. Habrá historias de nuevos personajes en su mayoría, pero igual podréis encontrar algún que otro personaje de los de siempre. La idea es tratar tanto que guste a los aficionados al pulp habituales, como a quienes lo desconocen o apenas conocen el género o se encuentran ahora descubriéndolo poco a poco.
 
Así que ya sabéis, preparados, que PLANETA NEO-PULP estará pronto con vosotros.
 
 
 
 
 
 

Revistas y magazines estilo pulp
 
 
 
 
 

jueves, 13 de agosto de 2015

Nuevos autores para Weird West: Alexis Brito Delgado y Joaquín Sanjuán

 
 
 
 
Weird West es una serie, dentro de la Colección Savage, que recupera las historias del oeste, con tintes sobrenaturales, lo que se suele llamar Weird Western. Un universo compartido, con un elenco de escritores e ilustradores de auténtico lujo, en volúmenes compuestos de tres novelas cortas, cada una de ellas de un escritor diferente y personajes distintos, pero todos enmarcados en el mismo universo, el universo de Weird West.
 
 
Un universo compartido en el que vernos cómo cruzan sus caminos monstruos y héroes de lo más variado, además de todo un elenco de personajes que pueblan las “zonas grises” de este fantástico y terrorífico Nuevo Mundo.
 
 
El equipo de de escritores e ilustradores de la serie Weird West se compone de Lem Ryan, Raúl Montesdeoca, Carlos Díaz Maroto, José Baixauli, Néstor Allende, Pako Domínguez, Miguel Ángel Naharro, Ana Morán, Luis Guillermo del Corral, Karol Scandiu y ahora queremos anunciar a los dos nuevos autores que se incorporarán con sus personajes y historias a el personal universo creado a partir de la novela “Cazadores de Vampiros” de Lem Ryan.
 
Néstor Allende y Pako Domínguez, dos de los autores del equipo de Weird West
 
 
Se trata de dos escritores ya habituales de la casa:
Alexis Brito Delgado y Joaquín Sanjuán.
 
Alexis Brito Delgado
 

Alexis Brito Delgado nació en Tenerife en 1980. Poeta y narrador. Autor de las novelas Melancolía (Ediciones MUZA Inc., 2010), Dorian Stark (Ediciones Babylon, 2011), Wolfgang Stark: el último templario (Editorial Seleer, 2012), Asesino a sueldo (Editorial Pelícano, 2012), Soldado de fortuna (Dlorean Ediciones, 2013), Gravity Grave (Editorial Palabras de Agua,2014).
Sus cuentos y poemas aparecen en I Antología Crepúsculo Soñado, I Antología Monstruos de La Razón, I Concurso de Relato Fantástico A.C. Forjadores, I Premio Grup Lobher de Relato Temático, Selección Poesía Erótica Canaria 2013, Steam Tales Antología Steampunk , Action Tales Antología Pulp y Blue Bayou y otros relatos negros. Mantiene su página web en:
 
Joaquín Sanjuán
 
 
 

 
Empecé a escribir muy pequeño, y con solo doce años publiqué mi primer fancine, mundillo este en el que seguí cerca de ocho años durante los que publiqué diversos fancines más. En el 2002 me atreví con un cómic corto autoeditado del que realicé el guión, esta historia podría considerarse un boceto de lo que más tarde derivaría en "Leyendas de Lácenor". Después de la dura experiencia de la autoedición comencé a escribir artículos en páginas y revistas varias, y desde entonces son muchas en las que he escrito (universomarvel.com, espadaybrujeria.com, fanzine digital, cómic digital, Imaginarios, Dolmen, etc.), participé en varios programas de radio (incluso llegué a dirigir mi propia sección en Radio 9) y realicé algunos trabajos como corrector.

En el 2008 empecé mi primera novela, "Leyendas de Lácenor: La ciudad blanca", que fue publicada en mayo del 2010 por Ediciones Parra. Un año más tarde, en el 2011, publiqué mi segunda novela, "El Rey Caído", con SphereWars, para quienes también he escrito transfondos y textos desde el año 2010 hasta el 2012, campo que también desarrollé durante la creación de en un módulo de rol para el juego Roleage. A esto hay que añadir varias antologías en las que he participado, y los fanfics que he escrito para Action Tales durante estos últimos dos años.

 He sacado varios libros de ensayo de temática manga para Dolmen, de los que ya ha visto la luz "El mundo de Urasawa" y "Comando G, el libro",  y “Los Mundos Fantásticos de Joss Whedon” en Dlorean. Actualmente, estoy trabajando en nuevas novelas y proyectos para el año 2015-2016, de los que todavía no puedo anunciar nada...