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martes, 12 de mayo de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 12


 
 
 
 
 
 
Capítulo XII

 

La vida se le escapaba por momentos. Jonathan McIntire podía notar los crujidos de sus propias vértebras. La presión de las garras del vampiro se intensificaba y los pulmones le ardían por dentro, debido a la falta de oxígeno. No podía esperar ninguna piedad ni clemencia en su captor. No había espacio para sentimientos de ese tipo en la faz del muerto viviente. Con las neblinas de la inconsciencia bordeando el campo de visión, Jonathan intentó nuevamente liberar el brazo en el que portaba el colt. Una vez más resultó imposible, era como tratar de mover una montaña.

            Amos continuaba postrado, luchando para intentar recuperar el control del cuerpo, que parecía negarse a obedecer. Sudaba copiosamente y los dientes le rechinaban por el esfuerzo. No era una pugna únicamente a nivel físico, el duelo de voluntades contra el Barón Samedí era titánico. Incluso inclinado ante su enemigo, una chispa de rabia le ardía en el corazón. Se negaba a rendirse definitivamente. No estaba dispuesto a ceder hasta que hubiera echado el último aliento.
 
 

            Shi Kwei todavía conseguía mantener a los zonbi a raya, mas no sin tener que ir cediendo terreno palmo a palmo. El muro detrás de ella estaba cada vez más cerca, y entonces ya no habría ningún lugar al que retirarse.
 

            McIntire giró la cabeza a la derecha, uno de los pocos movimientos que podía permitirse hacer estando inmovilizado por la presa del vampiro Marcus. Se percató de que tenía al Barón Samedí en línea de tiro. Era un intento desesperado. Corrigió como pudo la trayectoria del cañón con la muñeca, a pesar de que sentía que de un momento a otro los huesos iban a astillarse.

            Disparó dos veces e impactó en pecho y cuello del hechicero no muerto, que dio un respingo por la sorpresa y el dolor que causaban los proyectiles.

            ―¡Maldito idiota! ―gritó enfurecido Samedí―. ¿Realmente pretendías acabar conmigo? Ni siquiera has usado balas de plata. Ha sido un gesto muy estúpido y me aseguraré de que pagues por ello.

Marcus aflojó momentáneamente la presión ante la inesperada reacción del humano. Miró en dirección a Samedí y los ojos se le abrieron como platos, al contemplar un detalle que hubiese pasado inadvertido para cualquier otro. Uno de los impactos de McIntire había hecho trizas el collar de huesos de su amo y yacía ahora en el suelo, a escasos metros de donde se encontraba. Engarzado en el collar estaba la pequeña bolsa de cuero, el gris―gris a través del cuál Samedí tenía control sobre él.

En un solo segundo, miles de pensamientos y posibilidades cruzaron por el cerebro de Marcus. La decisión fue rápida, era una ocasión única. Pasaría una eternidad hasta que tuviera la libertad tan al alcance de la mano. El Barón no parecía haberse dado cuenta de que había perdido sus abalorios y Marcus tenía la ventaja de su parte.

Dejó caer como un guiñapo a McIntire, el cual agradeció como nunca el dulce aire que trataba de inspirar a grandes bocanadas. Marcus hizo uso de su inhumana velocidad y se abalanzó sobre el amuleto, que asió con fuerza entre sus manos.

―¡Estúpido! ¿Por qué has abandonado tu puesto? ―le recriminó el Barón Samedí.

El hechicero se llevó de manera inconsciente la mano al cuello, como hacía siempre que ordenaba algo a su siervo. Una mueca de preocupación se dibujó en su rostro cuando no encontró más que aire en el lugar donde debía estar el collar. El gesto se fue tornando en auténtica rabia cuando vio la sonrisa desafiante de Marcus, con el amuleto gris aferrado en su puño.

―¡Traidor! ¡Lo echarás todo a perder! ―gritó henchido de odio.
 
 

El Barón Samedí se lanzó sobre el rebelde lacayo y comenzó la lucha entre los dos no muertos. Se hacía difícil ver qué era lo que estaba sucediendo realmente, para el ojo humano no era más que una maraña de garras y colmillos que se movían a una velocidad asombrosa. Una horrenda cacofonía de gruñidos inhumanos llenó la estancia. Se revolvían como dos fieras salvajes, hincando mordiscos allí dónde alcanzaban y rasgando la carne de su adversario con las afiladas uñas que poseían. Eran la misma furia desatada del infierno.

Para Amos fue como si le hubiesen quitado una losa de encima. Notó un agradable hormigueo y como el calor le iba volviendo a las extremidades. Comenzaba a recuperar el movimiento. El Barón Samedí no podía mantener la concentración del hechizo vudú, enzarzado en un combate a muerte con Marcus. Tenía otras preocupaciones más urgentes. Sin perder más tiempo del estrictamente necesario, volvió a coger la escopeta Winchester. Con manos aún temblorosas cargó cinco cartuchos especiales de sal en el arma. Puso una rodilla en tierra y apoyó el codo en la otra pierna para ganar algo de estabilidad al apuntar, ya que los músculos no terminaban de responder del todo. Descargó sin pausa una lluvia de sal sobre los zonbi que comenzaban a rodear a Shi Kwei. Muchos de ellos cayeron fulminados. Los que no lo hicieron, quedaron aturdidos, con movimientos torpes y lentos. Para Shi no fue un gran problema acabar con los que quedaban en pie.

En aquel instante un rugido de triunfo atrajo la atención de los cazadores.

Era el Barón Samedí. Celebraba con el gutural aullido su victoria sobre el traidor Marcus, que se hallaba tendido a sus pies, con el cuello tan destrozado que la cabeza seguía unida al cuerpo por meros jirones de carne.

―No necesito sirvientes, no necesito zonbi, no me hace falta nadie para acabar con vuestra patética existencia ―amenazó con un tono que helaba la sangre en las venas.
 
 

Shi Kwei no se dejó amedrentar. Desde que tenía uso de razón había sido entrenada para enfrentarse a las fuerzas oscuras. Poseía el conocimiento de muchas generaciones de cazadores de vampiros, miembros de su familia que la habían precedido en la sagrada misión. Cargó contra la criatura del infierno, embistiendo con la hoja derecha al frente. El vampiro esquivó hacia el lado contrario y la muchacha descargó un tajo con la izquierda, anticipándose a su reacción. Consiguió abrir una buena brecha en uno de los costados del monstruo, que aulló nuevamente, aunque esta vez no fue de triunfo sino de dolor.

El Barón Samedí lanzó un manotazo tratando de ahuyentar la fuente de su tormento. Shi Kwei intentó bloquear el barrido. Aunque no se llevó el golpe de lleno, resultó derribada por la increíble fuerza que poseía aquella monstruosidad. Samedí ya no hablaba ni profería amenazas. Su mente se había retrotraído a un estado prácticamente animal. Apenas quedaban en él más que instintos y una furia y una violencia desatadas.

Jonathan McIntire disparó desde el suelo. La bala atravesó el hombro derecho de la bestia con forma de hombre. Una picadura de mosquito para aquel engendro, pero lo suficiente como para que centrara la atención sobre él. El odio que había en la mirada del monstruo superaba toda descripción. Quizás los últimos restos de humanidad que quedaban en su consciencia se preguntaban porqué seguía luchando aquel ser débil y a las puertas de la muerte, a sabiendas de que no podía herirlo.

El Barón Samedí llegó a ver como Amos se le echó encima demasiado tarde. El joven supo ver la ventaja que le proporcionó el disparo de McIntire. Blandiendo una afilada estaca de madera con ambos brazos, a modo de la lanza corta, la clavó en el pecho del vampiro. El monstruo abrió los ojos de forma desmesurada y por unos momentos pareció que se le iba a romper la mandíbula, de tanto que la estiró por el gesto de agónico dolor que sintió. De inmediato comenzó a lanzar zarpazos para defenderse y alejarse de Amos. El muchacho de piel de ébano iba a tener unas cuantas nuevas cicatrices de las que presumir, si lograba sobrevivir a este día, cosa que aún estaba por ver.

La estaca de madera seguía incrustada en el pecho del Barón Samedí, pero no había conseguido atravesar del todo el corazón del monstruo. Aunque le ardía el pecho como si una lanza al rojo vivo le atravesara, todavía se mantenía en pie. Su ferocidad parecía haberse esfumado. Miró a su alrededor y vio como McIntire volvía a disparar contra él. Para su tranquilidad solamente se oyó el ruido del mecanismo del arma, pero no detonó ningún proyectil. Se había quedado sin munición. Amos estaba malherido pero no derrotado, y la china ya intentaba volver a ponerse nuevamente en pie. El vampiro comenzó rápidamente a considerar la posibilidad de una retirada por primera vez.

Reuniendo las fuerzas que le quedaban, se dirigió renqueando hacia el túnel de salida. Debía huir para vivir y poder luchar otro día. Planearía su venganza y les haría pagar todos los inconvenientes que había sufrido, con creces.

Cuando ya casi podía alcanzar con las manos el inicio de su vía de escape, notó una ligera vibración en el aire detrás de él. Momentos después cayó hacia delante como un saco de patatas, con una de las espadas cortas de plata de Shi Kwei profundamente enterrada en su espalda. Su inhumana resistencia no pudo soportar más castigo y abandonó la existencia como no muerto sin proferir un triste sonido.

 

Marie Laveau se agitó inquieta en su lecho. Se incorporó y quedó sentada sobre el cómodo colchón, descansando los brazos sobre sus rodillas. A pesar de que las ventanas y contraventanas de su lujoso dormitorio se encontraban cerradas, podía notar el sofocante efecto del calor y de la bochornosa humedad de Nueva Orleans en la habitación. Sus movimientos despertaron a Pierre, un hermoso joven de raza negra que dormía a su lado.

―¿Qué ocurre madame? Aún es de día ―preguntó extrañado.

―Jacques ha muerto.

―¿Quién es ése?

―El que envié como mi representante para que se hiciera con el control de San Francisco ―explicó la sensual mulata.

―Oh, lo siento. ¿Teníais un especial apego por él?

―En realidad no. Jacques era un advenedizo que me apoyó contra Salomé porque le convenía. Creí ver en él las cualidades para ser un buen general, pero está visto que me equivoqué. Si hay algo que lamentar, es que no haya cumplido su objetivo. En esa ciudad hay mucho poder. Drácula lo sabía, por eso la eligió para regresar del infierno. Las balanzas de poder están cambiando entre los clanes vampíricos, quién se haga con el control de San Francisco dispondrá de una enorme ventaja respecto al resto.

Pierre asintió, comprendiendo.

―Tendremos más oportunidades. Al fin y al cabo, nos sobra el tiempo. ―dijo Laveau, mostrando sus afilados colmillos con una impúdica sonrisa dibujada en sus carnosos labios.

La conversación hizo que Ferdinad también se despertara en el otro lado de la cama.

―¿Qué sucede? ―preguntó somnoliento.

―Nada que deba preocuparte, mon amour ―respondió mientras le acariciaba lascivamente la entrepierna bajo las sábanas.

 

 

¿FIN?

 
Escrito por Raúl Montesdeoca 



 





 





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martes, 5 de mayo de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 11

 
 
 
 
 
Capítulo XI
 
Derrotar a los guardianes había sido relativamente sencillo. Shi Kwei había seguido a uno de los espías de Samedí hasta su guarida y descubrió la presencia de los muertos vivientes que custodiaban el acceso al lar de la bestia. Cayeron sobre ellos por sorpresa.
Los cartuchos rellenos de sal demostraron ser un gran acierto. Amos dijo una blasfemia bastante gorda al comprobar la efectividad de los proyectiles en los zonbi. Al recibir la sal caía de inmediato, si la sustancia se introducía en los pulmones o estómagos, o bien quedaban ralentizados cuando recibían el impacto en otro lugar de su anatomía. Eso daba tiempo a que las afiladas espadas de Shi y la letal puntería de McIntire causaran estragos en sus filas. El único contratiempo que había sufrido Jonathan fueron unas astillas de madera que se le clavaron en el brazo izquierdo, muy cerca del hombro. Uno de los guardianes acertó a usar una escopeta recortada. Jonathan corrió a cubrirse tras el hueco de la puerta en la fachada. Aunque no le acertó directamente, la lluvia de postas reventó en cientos de pequeños trozos el marco, que salieron volando en todas direcciones.
Shi Kwei trató de convencer a Jonathan para que le dejara tratar las heridas, a lo que éste se negó. Se desató el pañuelo que llevaba al cuello y lo enrolló fuertemente alrededor del brazo, a modo de torniquete.
―Esto bastará por ahora.
No tardaron en descubrir el acceso secreto bajo la mesa. Al levantar la trampilla y ver el túnel que se hundía en la tierra tuvieron la sensación de que aquel lugar emanaba oscuridad.
―Yo iré primero ―dijo Shi Kwei.
―No me parece buena idea ―apuntó Amos.
―Créeme que no lo hago por una cuestión de valentía. Se trata más bien de estrategia. El túnel es muy estrecho; eso nos obligará a ir en columna de a uno. Cuando nos encontremos con el enemigo, mi ayuda será inútil si no estoy en primera fila. Yo, en cambio, al ser más pequeña no entorpeceré tanto si voy delante. Os daré espacio para que uséis las armas de fuego.
―Empiezo a odiar que siempre tengas razón ―dijo Amos mostrando los blancos dientes
Shi Kwei puso su mano en el pecho de Amos, y antes de entrar a aquel pozo de oscuridad le dijo:
―Es bueno volver a verte sonreír.
Amos se ruborizó ante el comentario. Iniciaron, pues, la marcha. El hombretón de color fue detrás de ella y Jonathan cerró la marcha. Avanzaron por el claustrofóbico pasadizo unas decenas de metros, hasta llegar a una sala más amplia. El ambiente era insano, húmedo y sofocante a más no poder. Apenas había luz, tan solo la que se colaba desde la rendijas de los pesados cortinajes del otro lado de la estancia. No había otro sitio al que ir, nada más hacia adelante.
De pronto, las cortinas se abrieron. Ante ellos pudieron ver una escena digna de la peor pesadilla. Un numeroso grupo de zonbi se les echó encima. Tras ellos, y en el fondo de la amplia cámara, sentado sobre un trono de huesos, se encontraba un ser salido del averno. La cara era la de la muerte y la piel negra como la noche, con un aura que supuraba malignidad. Llevaba puesto un sombrero de copa que podría haber resultado ridículo a priori, mas no había en él nada que tomarse a broma. Su imagen era el puro terror encarnado. Un halo de miedo, probablemente intensificado por las habilidades mágicas de la infernal criatura, se extendía desde su persona por todo el área. Y a sus pies se hallaba otro de la maldita estirpe de los vampiros, a juzgar por el tamaño de sus amenazantes colmillos.
 
La mera supervivencia les obligó a centrar la atención en el peligro más inmediato. Los cadáveres devueltos a la vida por la magia negra de Samedí se acercaban sin pausa. No llevaban armas, pero sabían que la criaturas poseían gran fuerza, y que con manos y dientes eran más que capaces de acabar con sus vidas si no tenían cuidado.
Amos abrió fuego contra los zonbi. Como un resorte tiró de la palanca de la escopeta de repetición Winchester y disparó una segunda vez, dejando a dos de los monstruos inmovilizados y bastante dañados.
McIntire disparó a la cabeza de uno de los cadáveres andantes, abatiéndolo al momento. Al repetir el intento la bala solo rozó el cráneo del objetivo, quedando atontado por unos momentos, aunque no fuera de combate.
Shi desenfundó las espadas y se adelantó unos pasos. No cargó, quedó a la espera de que los muertos que caminan se fueran acercando. Tuvo especial cuidado de no interponerse en la trayectoria de tiro de sus compañeros.
La Winchester continuó causando un considerable castigo entre los zonbis. Amos decidió hacer uso de los cartuchos que le quedaban en la recámara. No iba a tener tiempo de volver a cargar antes de entrar en el cuerpo a cuerpo, pues ya los tenían casi encima. No tenía sentido guardar munición. En rápida sucesión disparó los tres proyectiles que restaban. Consiguió derribar a dos porque el tercer tiro no logró causar más que daños superficiales.
Jonathan remató al que había dejado tocado en su anterior andanada y eliminó a otro más, con dos certeros tiros a la cabeza. No quiso precipitarse a gastar más proyectiles y arriesgarse a fallar. El revólver todavía podía ser útil en el cuerpo a cuerpo.
 
Fotograma de Kung-fu y los 7 vampiros de oro
 
Cuando los muertos reanimados alcanzaron la melé con la china, se encontraron con una barrera de cortante metal. Shi Kwei lanzaba estocadas sin fin y, cuando los enemigos trataban de alcanzarla, los esquivaba de un ágil salto. Caía grácilmente sobre los pies y volvía a golpear a un nuevo adversario, aprovechando el impulso de los brincos. Manos, piernas y cabezas resultaban desmembrados en cada una de las acometidas. El espacio a cubrir era demasiado amplio y la joven china no pudo impedir que uno de los zonbis la sobrepasara, cargando contra McIntire.
Jonathan pudo interponer el brazo izquierdo para cubrirse del ataque, no sin que el engendro le propinase un fuerte mordisco. Como una bestia, el zonbi se agitaba sin soltar la presa, tratando de arrancar carne y músculo. Aullando de verdadero dolor, la reacción de McIntire fue alojarle al no muerto las dos balas que quedaban en el Colt entre las cejas. Dos chorros brotaron de la parte de atrás de la cabeza del muerto viviente, esparciendo sesos, sangre y restos de hueso.
Amos empuñó el Winchester como improvisada maza. Ayudándose de su atlética musculatura, hundió el cráneo del zonbi más cercano con un desagradable crujir de huesos. El abominable engendro aún dio unos pasos tambaleantes para terminar cayendo poco después como un fardo sin vida. No pudo impedir que dos de las monstruosas criaturas le arañasen el pecho con las uñas, haciendo brotar la sangre y empapando de rojo su blanca camisa, que también quedó hecha trizas.
Shi Kwei continuó repartiendo tajos a diestra y siniestra con sus cortas espadas gemelas de plata. Jonathan desenfundó un nuevo revólver y comenzó a repartir plomo con una mortal precisión entre los cadáveres andantes. Los monstruos no desfallecían ni se rendían. Y no parecían tener fin.
― ¡Marcus, acaba con ellos! ―ordenó el Barón Samedí a su lacayo vampírico.
A Marcus no se le veía particularmente entusiasmado con aquel plan. Trató de resistirse a obedecer a su amo. Entonces, el bokor pellizcó con sus afiladas uñas el contenido de la bolsa que llevaba al cuello y un frío glacial invadió el pecho de su siervo. La voluntad de éste se hallaba en manos del Barón Samedí, condenado a ser su eterno esclavo. Marcus maldijo su suerte antes de empezar a avanzar con cautela hacia la matanza que se desarrollaba ante sus ojos.
El Barón Samedí tomó entre las manos un bastón adornado con plumas, que descansaba apoyado en el trono de huesos y cuyo extremo superior terminaba en un cráneo de bebé. Señaló a Amos, apuntándole con la siniestra reliquia.
 
Fotograma de American Horror History
 
― ¡Arrodíllate ante mí, perro! ―gritó furioso el hechicero.
Amos notó como sus articulaciones comenzaban a quedarse rígidas. No era solo la rigidez, había algo más. Como si alguna fuerza externa tratara de apoderarse del control de su cuerpo. Sintió náuseas y vértigo, hizo todo lo posible por mantenerse erguido. Las fuerzas le abandonaban y cayó de rodillas. Tuvo que apoyar las palmas de las manos sobre el suelo para no acabar tendido de bruces. Un grito de rabia e impotencia se le escapó de los pulmones; aquello no podía estar sucediendo. Nunca más ser un esclavo, pero ahí estaba postrado ante aquel maldito vampiro.
Los zonbi perdieron todo interés por el derrotado Amos y se arremolinaron alrededor de Shi Kwei. El filo de sus hojas cortaba la carne de los resucitados, pero no tenía con ellos la misma efectividad que con los vampiros. La única manera que parecía haber para terminar con ellos era cortarles la cabeza, algo nada fácil cuando tenía que combatir a tantos enemigos a la vez. Debía mantener a raya más de una docena de brazos y media docena de bocas que trataban de morderla. Las posibilidades de victoria se desvanecían con cada nuevo zonbi que se unía a la refriega.
Jonathan McIntire se libró del último cadáver andante que le atosigaba con un tiro que le reventó el cráneo. Cuando se disponía a acabar con uno de los que peleaban contra Shi Kwei, notó una férrea presa en el cuello que amenazaba con triturarle la tráquea. Era Marcus; se había movido como un relámpago y ahora le tenía cogido con la mano izquierda, las afiladas uñas hundiéndose en su carne lentamente. El dolor era terrible y no podía respirar. Trató de levantar el Colt que aún empuñaba hacia su captor. Fue inútil porque Marcus lo inmovilizó de inmediato con el brazo libre, imposibilitando que le apuntara directamente. La fuerza del vampiro era muy superior a la de McIntire, así que sus forcejeos no consiguieron debilitar la presa en lo más mínimo.
―Vuestra reputación está muy sobrevalorada, mes amis ―se burló el Barón Samedí, saboreando de antemano su triunfo sobre los cazadores.
McIntire hubo de reconocer que era la peor situación en la que se habían hallado hasta el momento. Con un Amos derrumbado y balbuceante, el ímpetu de su ataque se había venido abajo. Sin las balas de sal que frenaban a las tropas de choque zonbi no tenían ninguna opción para vencer. La ventaja numérica los acabaría aplastando en breve.
―Quiebra su cuello como una rama ―ordenó con una mueca maliciosa Samedí a su lacayo.
La mirada de Marcus a su amo fue de auténtico desprecio y de un rebosante odio. No le gustaba ser una marioneta en sus manos, aunque estuviera obligado a obedecer incluso en contra de su propia voluntad.
De todas formas, no sintió pena por el humano. Merecía la muerte mil veces, era un cazador de los de su especie. Marcus sintió un especial placer cuando intensificó la tenaza que ejercía su mano sobre el frágil cuello de McIntire. Qué soberbios eran los humanos. Creer que podían rebelarse contra los que estaban por encima en la cadena alimenticia era patético. El rebaño no lucha contra el pastor, sabe cuál es su lugar y lo único que puede hacer es esperar hasta que sus amos decidan cuándo ha llegado el momento de convertirse en alimento. Ese era el único derecho que tenían aquellas miserables criaturas. Y pensar que hasta hacía bien poco había sido uno de ellos…
Por un momento llegaron a la mente de Marcus imágenes de cuando aún tenía una vida propia y todavía podía decidir por sí mismo. Las desechó sobre la marcha, para concentrarse en la agonía de su víctima moribunda.
 
Continuará…
 

 

 



 



Escrito por Raúl Montesdeoca 



 



 



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martes, 28 de abril de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap 10






Capítulo X

 

A toda prisa marcharon de vuelta a la casa de McIntire, no querían arriesgarse a acabar nuevamente en una celda. No con el peligro que se cernía sobre la ciudad y con tantas cosas por hacer. Ya habría tiempo de arreglar los asuntos con la ley, si conseguían salir vivos.

—Hay algo de kármico en que los hombres que mataste anoche hayan vuelto de la tumba para acabar contigo —le dijo Shi Kwei a Amos por el camino.

Ya habían reducido el paso porque se encontraban a cierta distancia de la oficina del sheriff y no querían levantar demasiadas sospechas.

—Vale, está bien. He aprendido la lección.

Tras el reconocimiento a regañadientes Amos se dirigió a Jonathan, fingiendo que Shi Kwei no estaba allí.

—¿Es siempre así de odiosa?

—Sí. Sobre todo cuando tiene razón —apostilló McIntire.

Ya no se dijo nada más hasta que llegaron a la casa. Una vez en ella, lo primero de lo que se ocuparon fue de curar a Shi. La herida no era muy profunda pero iba a necesitar de sutura. Fue la misma Shi la que se cosió, demostrando una fuerza de voluntad que rozaba los límites de lo humanamente posible. Una vez terminó el doloroso proceso, mezcló con agua algo que sacó de una pequeña bolsa, hasta formar una espesa pasta que extendió sobre la zona afectada.

—¿Qué es eso? —preguntó curioso Jonathan.

—Evita que se formen cicatrices.

—Así que ese es tu secreto. Siempre me había preguntado cómo tenías una piel tan fina y perfecta con todas las heridas que recibes.
Fotograma de Kung-fu y los 7 Vampiros de Oro

 

El comentario sin mala intención consiguió sonrojar a la muchacha. En cuanto se dio cuenta de lo incómodo del momento, Jonathan cambió de tercio la conversación.

—Tenemos que ir a por esos monstruos ya mismo. A cada minuto que pasa les damos la posibilidad de que sigan creando nuevas monstruosidades como a las que nos acabamos de enfrentar.

—Para el carro un momento. Se supone que soy yo el de las ideas suicidas. Vale que debemos apresurarnos, en eso estoy contigo. Pero necesitamos prepararnos bien y a Shi no le vendría nada mal un pequeño descanso. Además, tengo una idea que quiero probar —dijo Amos sin querer dar más explicaciones.

—Bien, tienes una hora —concedió McIntire.

—Pues entonces acompáñame al establo, voy a necesitar ayuda. ¿Qué tal se te da tallar madera? —preguntó Amos.

Antes de que se marcharan Shi Kwei les advirtió.

—Hay alguien que nos está vigilando. Cuando os llevaron a los calabozos, me aposté en un tejado de la acera de enfrente y pude ver a varios hombres de raza negra que no quitaban ojo del lugar.

La cara de Jonathan se iluminó con una sonrisa.

—Eso nos podría venir muy bien y ahorrarnos mucho tiempo para localizar la guarida de los monstruos.

Al ver las muecas de incomprensión de sus dos compañeros, McIntire se extendió en su explicación.

—Si nos siguen es porque han de informar al Barón Samedí. Cuando nos vean salir en dirección a Villa Carnicero con todo el equipo, no tardarán en irle con el cuento a su siniestro señor. Shi Kwei podría seguir a los que nos siguen y averiguar dónde se esconden esas aberraciones. ¿Podrías hacerlo sin ser vista? —le preguntó a la muchacha.

—La duda ofende —dijo algo molesta Shi.

—Entonces, manos a la obra. El tiempo es oro —dijo Amos.

 

El sheriff Daniels miraba entre el asco y el horror los restos del infierno que se había desatado en su oficina. Cuatro alguaciles y el jefe O´Brian yacían tendidos en el suelo entre enorme charcos de sangre. Tenía a dos cuerpos descabezados en la zona de los calabozos y, para añadir más misterio, los prisioneros habían desaparecido.

—Esto es un puto desastre —repetía sin cesar a los dos agentes que le acompañaban.

Trataba de ordenar las piezas del puzzle en su cabeza pero nada de aquello parecía tener sentido.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? Ese McIntire nunca me pareció trigo limpio. Nunca pude demostrarlo, aunque estoy seguro de que en alguna manera estuvo implicado en los crímenes del Golden Hotel y su posterior incendio. Probablemente lo quemó para esconder pruebas y evidencias que le incriminaban. Pero esta vez ha ido demasiado lejos. Quiero a todos los agentes de la ciudad tras ese hijo de puta y sus dos socios. Va a pagar por las muertes de estos hombres —ordenó a sus dos hombres.

—No señor. No hará usted nada de eso.

La potente voz llegaba desde su espalda. Daniels se giró para encararse con el que se había atrevido a hablarle de tal manera. Al ver que se trataba del alcalde Pond se contuvo de lanzar un exabrupto y quedó desubicado por unos instantes.

—Señor alcalde, no esperaba verle por aquí —acertó a decir.

—No tengo mucho tiempo, Daniels. Dejemos los formalismos para mejor ocasión. Debe olvidarse de McIntire y sus asociados. A partir de ahora haga como que no existen. No vuelva a molestarlos —dijo rotundo el alcalde.

El sheriff Daniels indicó a los dos alguaciles que le dejaran solo.

—¿Sabe usted que esto no es cosa mía? Hay gente muy importante interesada en tenerles fuera de juego.

—Devuelva el soborno con el que le hayan huntado los de la Suprema Orden Caucásica. Yo soy el que decide quién ocupa el puesto de sheriff. Si quiere conservar su trabajo, haría bien en hacerme caso a lo que le he dicho.

Daniels estaba sumamente extrañado con aquel ataque de dignidad del alcalde. Lo conocía bien y sabía que estaba tan corrupto o más que él mismo. Si estaba dispuesto a enfrentarse a la Orden, tenía que estar muy determinado a hacerlo. Así que Daniels no argumentó más y optó por agachar la cabeza.

Edward Pond, alcalde electo de San Francisco, abandonó la oficina del sheriff y se subió a un coche de caballos cubierto. En el interior esperaba un hombre repeinado con el pelo cano. La perilla en su barbilla y el monóculo le daban un porte nobiliario. Acariciaba a un gato marrón al que le faltaba un ojo.

—Espero que sea suficiente con lo que he hecho —dijo Edward Pond.
 
 

—Excelente, señor alcalde. Su pequeño secreto quedará entre nosotros dos, tal y como le prometí. No podemos permitir que una cosa así acabe con su prometedora candidatura a gobernador. No llego a imaginar el disgusto que se llevaría su esposa, si llegara a enterarse del pisito que comparte usted a veces con esos chicos tan jóvenes.

La vergüenza que sentía impidió a Edward Pond articular palabra.

El extraño rascó al feo gato entre las orejas y el animal ronroneó de placer.

 

El Barón Samedí continuaba trabajando en su blasfema tarea. Aún quedaban dos decenas de cuerpos, que sus sirvientes habían recuperado de la masacre. El ritual de reanimación llevaba su tiempo y necesitaba aumentar su ejército. Los zonbis que había enviado a acabar con McIntire y Amos Cesay habían fallado en su objetivo. Estaba seguro que los cazadores no tardarían en volver a causar problemas, así que quería tener todas las ventajas en su mano cuando eso ocurriese. Cuando su fiel sirviente humano apareció nuevamente, presintió que iba a pasar más pronto de lo que pensaba.

—Monsieur, los cazadores vienen.

Samedí miró al humano como un hambriento miraría a un jugoso pollo asado.

—Dime. ¿Cómo sabes que vienen hacia aquí?

—Se dirigían hacia Villa Carnicero y van cargados de artillería y estacas de madera.

—¿Quiénes? —le apremió hoscamente Samedí.

—Amos y McIntire.

—¿No estaba la china con ellos?

—No, tan solo estaban los dos.

Por primera vez en la escueta conversación el hechicero no muerto dejó de prestar atención al cadáver al que pintaba símbolos de magia negra con su propia sangre.

—Estoy rodeado de estúpidos —dijo con fingida calma—. ¿No te das cuenta de que has sido tú quién les ha traído hasta mí? —preguntó clavando sus pupilas en el asustado hombre

—Pero monsieur, eso es imposible —dijo tartamudeando el sirviente—. Me aseguré de que nadie me siguiera —intentó excusarse.

—¿Cuál es tu oficio? —preguntó el vampiro.

—Curtidor —respondió sin comprender el porqué de la pregunta.

—¿Y pretendes compararte en sigilo e infiltración con una artista marcial que lleva entrenándose desde su infancia?

El hombre no respondió. Tragó saliva y el ruido que hizo pudo oírse claramente en el gélido silencio que se produjo.

En un instante el vampiro pasó de la tensa calma a una demostración de rabia bestial. Al desafortunado sirviente no le dio tiempo siquiera a gritar. Apenas llegó a ver como un demonio, de ojos rojos e inyectados en sangre, se abalanzaba sobre él. Enseguida el dolor de la carne desgarrada en su cuello lo envió a la inconsciencia. Por suerte para él.

Con el caliente líquido escarlata aún desbordándose por la comisura de sus labios, Samedí se apartó de su víctima tras saciar su sed eterna, dejándola caer como un muñeco roto.

El destino se volvía un tanto esquivo con sus planes, pero él era un maestro en sobrevivir ante las adversidades. Había sabido convertir en una victoria los errores pasados. De hecho debía su posición en la organización de Marie Laveau a uno de ellos.

Él era un neonato a las órdenes de la Reina del Vudú cuando le fue encargado acabar con la Baronesa Drácula. La perra carpática volvía con el rabo entre las piernas después de que los cazadores acabaran con toda su familia. Laveau supo de inmediato que debía detenerla antes de que alcanzara su fortaleza en Europa. Los Drácula eran un obstáculo para hacerse con el título de Señora de las Casas Vampíricas. Si uno solo de ellos sobrevivía, los que se le opusieran en sus planes se orquestarían en torno a ellos.

Con otro grupo de neonatos intentaron detener el tren que debía llevar a la Baronesa hasta Nueva York. La Baronesa Drácula demostró ser algo más que el florero que todos creían que era, y consiguió escapar a la emboscada, no sin perder a muchos agentes y recursos. Acorralada y sin poder regresar a su hogar ancestral, la última de los Drácula decidió jugar la única baza que tenía a su favor. Ir a por las cenizas del Príncipe de la Oscuridad y traerlo de vuelta al mundo de los vivos.

Aquello casi había mandado al traste las expectativas de Laveau, y el propio Jacques a punto estuvo de pagar por ello con su no vida; pues Jacques era el nombre que usaba antes de ser el Barón Samedí. No solo no habían terminado con los Drácula sino que el propio conde había regresado del infierno, era el peor de los escenarios posibles. Pero he ahí que el destino puso a los cazadores, y a su némesis Van Helsing, en el camino del recién resucitado Señor de los Vampiros y su esposa, con un resultado sumamente beneficioso para los planes de Laveau. El buen humor de la Reina del Vudú consiguió que Jacques pasara de ser una potencial cabeza en una pica, a ser el elegido para establecer en el nombre de Laveau una cabeza de puente en la ciudad de San Francisco. Un regalo envenenado, no le quedaba duda. Tan seguro como que el odioso sol salía tras cada noche, que su señora no iba a tolerar un segundo fracaso.
Fotograma de American Horror History
 

Que vinieran los cazadores, estaba preparado. Desde su renacimiento como vampiro la magia se había hecho fuerte en él. Tenía el poder de los no muertos y a los Loa a su servicio, contaba con los zonbis que había podido levantar y también estaba su lacayo vampírico Marcus. Él no le fallaría, no podía hacerlo aunque quisiera. Ahora su alma pertenecía al Barón Samedí.

 
Continuará…

 

 
 

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 

 

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