martes, 14 de abril de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 8





Capítulo VIII

 

A pesar de los intensos pinchazos de dolor en su espalda, William Helems se obligó a cabalgar los últimos metros que quedaban hasta llegar al establo de Buchting. Debía llevar unas cuantas postas incrustadas en su cuerpo. Aquel maldito negro había estado a punto de enviarlo a criar malvas. Cuando finalmente atravesó el gran portón, que permanecía abierto, prácticamente se dejó caer de su montura. Tras él llegaron varios Jinetes Nocturnos más, todos heridos o magullados. El Reverendo Gloom se acercó hasta donde se encontraba William.

— ¿Qué es lo que ha sucedido, hermano? —preguntó con el semblante imperturbable.

—Encontramos más resistencia de la esperada. Hay varias bajas y numerosos heridos entre nuestras filas —respondió William dolorido.

— ¿Quiénes fueron? ¿Quién se atreve a oponerse a la todopoderosa voluntad de Dios? —su tono era seco y cortante incluso para lo que solía ser el reverendo.

—Eran un negro y una china a los que no conozco. Pero había un pistolero al que sí reconocí. Se llama Jonathan McIntire, trabajaba para el Primer Banco de San Francisco. Se encargaba de escoltar los coches blindados. Es un tipo duro.

—Agentes de Satanás sin duda. Hemos menospreciado el poder del maligno. Puede que por el momento no dispongamos de guerreros para acabar con todos los enemigos de nuestra sagrada misión, pero los caminos del Señor son inescrutables. Aún tenemos algún as en la manga para neutralizar a los peones del diablo —dijo el Reverendo Gloom.

— ¿Cuáles son ahora las órdenes para los jinetes, reverendo?

—La organización ha quedado muy tocada tras el incendio y este fiasco. Toca lamernos las heridas y recuperarnos. Yo he de dejar San Francisco, porque el trabajo de propagar la Sagrada Palabra de Dios no tiene descanso. Pero tranquilo, volveréis a ser llamados para luchar muy pronto. La guerra contra el mal nunca descansa —dijo misterioso el Reverendo Gloom.

William Helems asintió, mirando casi embobado al hombre que consideraba un profeta.

 

El Barón Samedí estaba de un humor de perros. Había sentido la muerte de la joven Rosalie, la más reciente de sus elegidas. La chiquilla prometía mucho, su carita angelical habría atraído a muchos seguidores para su causa.
 
Imagen obra de Matt Barnes
 

Ya le había sido de suma utilidad cuando Germaine Dupont se presentó cargándola en sus brazos, convertida en poco menos que un despojo humano. Enseguida supo ver la oportunidad que se le presentaba. Usando su “magia” consiguió devolverle el uso de sus piernas y “sanarla”. Muchos habían visto el alcance de su poder, y otros muchos más lo sabrían. Su leyenda comenzaba a extenderse y muy pronto sería imparable.

Pero la muerte de Rosalie era un contratiempo preocupante. Las implicaciones que ese hecho podía tener le creaban demasiados interrogantes. Necesitaba conocer las respuestas. Continuamente miraba a la puerta de sus aposentos, a la espera de que Marcus llegara con alguna noticia. Había pedido que le dejaran solo, no quería tener compañía en aquellos momentos. Miles de pensamientos bullían en su mente. No podía permitirse ningún cabo suelto, ninguna incertidumbre. No cuando estaba tan cerca de su triunfo. El fracaso no era una opción. Estaba seguro de que el favor de Marie Laveau desaparecería si no conseguía el objetivo que le había impuesto. Otra de las cosas de las que estaba seguro era que nadie en su posición sobrevivía mucho tiempo si no tenía el apoyo de la Reina del Vudú. Motivo más que suficiente para justificar su siniestro humor.

De un tirón arrancó una de las pequeñas bolsas de piel que colgaban de su collar de huesos y la arrojó lejos de sí, con rabia y frustración. Ya no tenía utilidad alguna más que recordarle la desaparición de su más joven iniciada.

Marcus apareció al fin. Entró en la cámara a toda prisa.

—Han sido los cazadores. McIntire y sus socios —dijo nada más entrar.

El Barón Samedí golpeó furioso la gruesa mesa de madera que tenía a su lado. Una lluvia de pequeñas astillas surgió del mueble cuando fue partido en dos. Su mayor preocupación se hacía realidad. Debía ser muy precavido si no quería acabar como los Drácula, y no menospreciar a McIntire y sus socios.

Marcus retrocedió unos pasos, asustado ante la demostración de furia desatada que acababa de ver.

—Aún es demasiado pronto. Necesito todavía algo más de tiempo. Tenemos que mantenernos ocultos al menos veinticuatro horas más. En cuanto haya reclutado a mi ejército, no habrá nadie que se interponga entre esta ciudad y yo. Presiento que la cosecha de esta noche será excelente —dijo más para convencerse a sí mismo que por explicarlo a Marcus.

El caso es que su humor pareció mejorar.

—Asegúrate de que estén vigilados en todo momento e informarme de cada uno de sus movimientos. Sed discretos y que no os vean. Pero sobre todo asegúrate de que se mantengan alejados de nuestra pista —ordenó el Barón a Marcus.

 

La puerta principal de la casa de Jonathan McIntire se abrió. El primero en entrar fue Germaine Dupont, que lo hizo a empujones de Amos. El mismo Jonathan y Shi Kwei completaban el número de presentes. El anfitrión dio la luz y las lámparas de gas iluminaron el lugar. Fueron hasta el salón y una vez allí, Amos prácticamente arrojó a Germaine sobre uno de los mullidos sillones que se encontraban en la sala.

—Empieza a contarme todo lo que sepas —dijo Amos con un tono de voz gélido.

Sus palabras iban dirigidas al involuntario invitado. Germaine parecía ausente, era difícil asimilar lo que acababa de vivir. Su mente se negaba a digerir todo aquel horror.

Amos lo abofeteó con fuerza, usando el dorso de su mano izquierda. En la otra mano seguía su escopeta Winchester, de la que no se había separado desde los sucesos de Villa Carnicero. Germaine volvió a la realidad con el golpe, con una nueva emoción reflejada en su rostro.

— ¿Por qué debería contarte nada cuando te has vendido a los blancos? —casi escupió con desprecio las palabras de su boca.

Un culatazo de escopeta hizo girar violentamente hacia su derecha la cabeza de Germaine. Comenzó a salir sangre de su boca y al escupir echó dos dientes.

—Por tu culpa ha muerto Marguerite y has dejado que conviertan a Rosalie en un maldito monstruo. Te advierto que no estoy de humor para que me provoques —le gritó Amos.

— ¡Que te jodan, traidor! Ha llegado la hora de que nuestros enemigos paguen por sus crímenes, y ni tú ni nadie podrá impedirlo.

Los ojos de Germaine destilaban fanatismo, y lo que decía era pura bilis.

Amos apoyó el cañón de su escopeta en la rodilla del muchacho.

—La vida de un negro es muy jodida Imagínate como puede ser la vida de un negro impedido de una pierna —amenazó.

Un poco más alejada de la escena, Shi Kwei intentó dar un paso adelante. No pensaba permitir la tortura bajo ningún concepto, pero Jonathan puso su mano sobre el hombro de la china.

—Déjale, hay que darle un voto de confianza —dijo McIntire en voz muy baja.

Shi no estaba muy convencida de que aquella fuera una buena idea, pero esperó.

Germaine continuaba negándose a hablar, aunque su determinación empezaba a desfallecer.

—Si sigues vivo es porque quiero que cada día de tu pobre y miserable vida recuerdes que fue por tu culpa que tu hermana y tu prima han muerto. Que fuiste tú quién voluntariamente entregó a su propia hermana en manos de su verdugo. Va a ser muy duro vivir con eso —le recordó Amos.

Finalmente, Germaine se rompió. Las duras afirmaciones y el recuerdo de sus familiares muertos mellaron su coraza de odio. Como un niño pequeño comenzó a llorar desconsolado.

—Yo… yo... yo solo quería lo mejor para ella. Me dijeron que él podía curarla —intentó excusarse.

— ¡¿Quién es él?! —gritó Amos con poca paciencia.

Todavía intentó evitar la respuesta una última vez. Las miradas inquisitivas de Amos, Jonathan y Shi fueron suficientes para hacer que se rindiera de manera definitiva.

—El Barón Samedí —dijo hundiendo la cabeza entre sus hombros.

Los ojos de Amos se abrieron como platos. La sorpresa dejaba entrever que conocía aquel nombre, por eso McIntire le preguntó al respecto.

— ¿Le conoces?

—Sí, de las historias que mi abuela me contaba cuando era un niño. Es uno de los Loas, poderosos espíritus a los que adoran los seguidores del vudú —explicó.

— ¿Vudú? —preguntó McIntire reconociendo su ignorancia al respecto.

La pregunta quedó sin respuesta por el momento. Unos fuertes golpes aporrearon la puerta de la casa y llamaban a voces desde fuera.

— ¡Abran en nombre de la ley!

Jonathan se fue de inmediato a una de las amplias ventanas y descorrió la cortina. Desde su posición pudo ver a un grupo de seis agentes de la oficina del sheriff. Mirando a Shi Kwei le advirtió:

—Deberías marcharte discretamente. Voy a abrir la puerta o acabarán derribándola.

La muchacha hizo caso a la recomendación de su compañero y subió a la segunda planta de la casa para intentar escapar por el tejado, cubriéndose con las sombras de la noche. Dejando un tiempo prudencial para Shi, Jonathan McIntire abrió la puerta principal.

Allí se encontró a Butch O´Brian, mano derecha del sheriff de la ciudad, y a cinco de sus hombres. Butch era el jefe de los alguaciles de la ciudad y todos le llamaban jefe O´Brian. Era de origen irlandés, como delataban su ensortijado pelo rojo y las facciones de su cara. Jonathan le conocía de cuando trabajaba para el banco. Sabía que por lo general O´Brian estaba más preocupado de cobrar los sobornos de las bandas irlandesas de la ciudad que de hacer cumplir la ley.

— ¿En qué puedo ayudarles? —preguntó Jonathan con cara de pocos amigos.

—Tiene usted que acompañarnos a la oficina del sheriff. Y sus amigos también —respondió chulesco Butch O´Brian.

McIntire miró a los agentes, como evaluando la situación.

— ¿A cuento de qué?

Los alguaciles dieron un paso atrás, casi de manera inconsciente. Comenzaban a darse cuenta de que no era un desgraciado como los que estaban habituados a enfrentarse. Butch no se amilanó, tenía que dar ejemplo a sus hombres.

—Se le informará debidamente una vez que lleguemos allí —fue la pobre explicación que dio.

— ¿Y si no quiero ir?

El tono de reto en su pregunta era más que evidente.

—Entonces tendré que llevarles a la fuerza —dijo sin quitar ojo de encima a Jonathan.

— ¿Estás deteniéndome? —preguntó Jonathan incrédulo.

—Sí, tú y tus amigos multirraciales sois sospechosos de iniciar los disturbios de Villa Carnicero.

McIntire bufó, como hacía siempre que empezaba a perder la paciencia y las buenas formas.

—Tienes muy poca vergüenza, sobre todo después de que no apareciera ningún policía en el tiroteo. Pero claro, me imagino que no querías verte obligado a tener que detener a tus amigos de la Suprema Orden Caucásica.

—No hagas esto más difícil. Acompañadnos y ya podrás hablar con el sheriff todo lo que se te apetezca.

Jonathan seguía dudando del curso de acción que debía tomar. No podía liarse a tiros en medio de la calle contra los alguaciles. Eso les condenaría a una vida como forajidos. A él le importaba un bledo, pero no podía tomar la decisión por Amos y por Shi. Así que optó por la única opción lógica que tenía.

—Está bien, dame tiempo a que se lo explique a Amos. No será fácil convencerlo después de lo que ha pasado esta noche. No opondremos resistencia...

Aproximadamente unos diez minutos más tarde, Shi Kwei veía desde un tejado vecino como los policías se llevaban escoltados a Jonathan y Amos. De repente se sintió muy sola, tan sola como no se sentía desde la muerte de sus hermanos en Hong Kong, antes de iniciar el viaje que la llevaría a aquel extraño país. Si aquella vez la pena no le impidió continuar con su sagrada misión, esta vez tampoco lo haría.

Debía encontrar la manera de ayudar a sus amigos, una tarea nada sencilla. Ella era un extraña en un mundo extraño, además de ser una inmigrante ilegal en los Estados Unidos.

 
Continuará…


 

 

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 

 

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viernes, 10 de abril de 2015

Entrevista a Raúl Baixauli




Hoy hacemos una pequeña entrevista a Raúl Baixauli, autor de la nueva novela para la colección Ciudadela llamada Wolfrath el Ojo de los Mundos y que en poco tiempo podréis disfrutar de ella.




1) En primer lugar, háblanos un poco de ti ¿Quien es Raúl Baixauli?

 

Pues soy un valenciano afincado en Málaga desde hace ya unos años. Me gano la vida como músico profesional, pero eso de interpretar las obras de otros, aunque sin duda es maravilloso, siempre me ha parecido insuficiente. Por eso empecé a interesarme por la escritura, para poder expresarme con mi propia voz y contar mis historias. Y aparte de la música, la lectura y la escritura, soy un gran aficionado a los videojuegos, a los misterios de la historia y a la buena comida.

 

 

2) Eres un gran fan de la espada y brujería, y en especial de Conan ¿Cómo te aficionaste a este tipo de obras?

 

La culpa es de mi hermano, José Baixauli, al que seguro que conocéis por sus ilustraciones en algunas publicaciones de Dlorean. En casa siempre hubo libros y cómics, aunque por lo general eran más o menos actuales: Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Dragones y Mazmorras... más adelante Batman, Superman, etc. Pero él empezó un día a traer cómics de Conan y, aunque las primera veces que vi los dibujos salvajes de Buscema no me llamaron demasiado la atención (fíjate si era ignorante), pronto empecé a sentirme cautivado por esas historias. Influyó mucho el ir viendo que ese personaje, al que la gente suele identificar con un tipo plano y sin cerebro que lo arregla todo a base de fuerza, tenía poco que ver con eso. Es alguien con carisma, dotes de liderazgo, un talento innato para identificar las debilidades de sus enemigos y aprovecharse de ellas, hábil no solo con la espada, sino también con la estrategia bélica, y lo más fascinante para mí: con un código moral tan particular como inquebrantable. ¿Cómo no aficionarse a las aventuras de un personaje así? Y a partir de los cómics, como mucha gente, conocí la obra de Robert E. Howard.
 
 

 

 

3) Háblanos de tu trayectoria hasta ahora ¿Cómo comenzaste?

 

Lo primero que escribí fue un relato de Conan titulado "El anillo de Arseth", que se publicó por partes en la serie Relatos Salvajes de Action Tales, allá por 2008. Esa primera historia, que fue más bien un experimento personal, me sirvió para darme cuenta de lo mucho que me gustaba escribir. Después vinieron más relatos de géneros distintos hasta que un día decidí ponerme a prueba e intentarlo con una novela, que es la que hoy me ha llevado hasta Dlorean. Esa novela fue para mí la confirmación de que la escritura era mucho más que una afición, así que decidí apuntarme a un taller de escritura creativa. Allí no solo aprendí unas cuantas técnicas muy útiles para escribir, sino que también descubrí lecturas muy enriquecedoras. Después empecé otra novela, y en todo este tiempo no he dejado de escribir relatos. A principios de este 2015 se ha publicado "Territorio Líquido, relatos de la incertidumbre", una antología de relatos en la que participo con cuatro historias junto con otros autores y amigos, y estoy muy contento con el resultado. ¡Esto ya no tiene vuelta atrás!

Conan y el Anillo de Arseth de R. Baixauli

 

 

4) Como escritor ¿Quiénes son los autores que más te han fascinado e influenciado?

 

Lo de Robert E. Howard es evidente, sobre todo por la temática de las novelas que he escrito hasta ahora. Pero diría que, en cuanto a estilo, el autor que más me ha influenciado es sin duda Stephen King, del que soy un gran admirador. Creo que es un escritor a veces menospreciado por el hecho de vender muchísimos libros y ocupar los escaparates de las librerías, pero detrás de eso hay alguien con mucho oficio, muchísima imaginación y una escritura de calidad, incluso aunque todas sus obras no estén ni mucho menos a la misma altura. Y de los últimos años tengo que mencionar también al español Santiago Posteguillo, especialmente por lo cinematográfico de su escritura, que es algo que intento imitar en la mía, y por lo mucho que admiro a un tío capaz de escribir novelas históricas excelentemente documentadas de más de mil páginas que, sin embargo, se leen como si tal cosa.

 

 

5) Wolfrath el Ojo de los Mundos es tu primera novela ¿nos puedes hablar un poco de ella?

 

Wolfrath, no lo oculto, es mi propio Conan, y el ojo de los mundos es la primera de sus aventuras. Está ganándose la vida como ladrón cuando se mete en un lío que, si nada lo remedia, le costará la vida. Pero sus hazañas llegan a los oídos de la persona indicada y esa persona le promete no solo la libertad, sino también una jugosísima recompensa a cambio de recuperar un objeto del tiempo en que los dioses habitaban la tierra: el ojo de los mundos. Y para recuperar esa reliquia, que está ahora en manos de un hechicero ambicioso y de un general traidor, tendrá que atravesar un bosque que todo el mundo evita y adentrarse en las ruinas de lo que fue una magnífica ciudad. Por el camino, por supuesto, se enfrentará a  multitud de enemigos, humanos y no humanos, del presente y del pasado, aunque también encontrará valiosos aliados. Es una novela de espada y brujería repleta de magia, criaturas imposibles y sobre todo acción, mucha acción. Creo que es difícil que el lector se aburra, y menos aún con la pedazo de portada de José Baixauli y las flipantes ilustraciones que ha preparado para cada capítulo. Es un lujazo contar con él.

 

6) ¿Piensas hacer más novelas del bárbaro protagonista de Wolfrath?

 

¡Por supuesto! Aunque la primera va a ver la luz ahora, hace ya un tiempo que le puse el punto y final, y la segunda entrega está prácticamente terminada en estos momentos. Es una nueva aventura algo más larga y creo que más ambiciosa en todos los sentidos, aunque el espíritu aventurero no ha variado ni un ápice. Y la idea es que después vengan más novelas, a no ser... a no ser que el bárbaro acabe la segunda en el mundo de los muertos, que todo podría ser. Ejem, ejem... yo sé por qué lo digo, y espero que vosotros algún día también.



 
Portada de Wolfrath obra de J. Baixauli

 

7) ¿Cuales son tus proyectos literarios en el horizonte?

 

Lo primero va a ser darle los últimos retoques a la segunda aventura de Wolfrath, por supuesto. Más allá del pulp, quiero coger buena parte de los relatos que he escrito en todo este tiempo y trabajar a fondo en ellos para hacer un libro muy personal, porque hay algunos de los que estoy bastante orgulloso y no me gustaría que se quedaran encerrados para siempre en mi disco duro. Después no lo tengo claro: ¿volver al mundo de Wolfrath?, ¿embarcar en una Space Opera?, ¿fantasear con el futuro en una serie de historias de ciencia ficción? Son ideas que me rondan de hace tiempo, ya veremos si alguna de ellas gana la carrera o si surge una diferente y se acaba imponiendo.

martes, 7 de abril de 2015

Weird West: Esclavos de la Oscuridad Cap. 7







Capítulo VII

 

Entraron en la muy humilde vivienda de los Dupont, que estaba compuesta por un pequeño salón comedor y una única habitación.. De inmediato Jonathan y Amos se apostaron tras las pequeños ventanucos que flanqueaban la puerta de entrada, con sus armas prestas para la acción y vigilando la calle como halcones. Shi Kwei llegó hasta la habitación, siguiendo al joven Pete. Desde el hueco sin puerta, corrió la cortina que servía de separación. Allí pudo ver a una bella mulata de grandes ojos negros. Se acurrucaba en una esquina de su camastro, cubierta por una manta de parches en la semioscuridad del lugar. Era joven, poco mayor que ella probablemente. Estaba muy asustada, se veía el miedo en sus ojos. Shi trató de transmitirle algo de calma, asegurándole que estaba a salvo con ellos.

—Mi hermano Germaine está ahí fuera con Rosalie. Fue a llevarla al doctor —dijo Marguerite evitando hablar de lo que les podría haber pasado.

—Tranquila, lo más seguro es que se encuentren bien. Habrán buscado refugio al oír los disparos y pronto estarán aquí.

Shi Kwei sabía que sus palabras eran más por dar consuelo que porque tuviera la certeza. Pero era lo que la muchacha de piel canela necesitaba en aquel momento.

—Deberías curarte esa herida —le aconsejó Jonathan a Shi, sin dejar de echar vistazos a la calle.

—Lo había olvidado por completo —dijo la muchacha mirándose el brazo.

Marguerite le indicó que podía encontrar vendas limpias en el cajón de una cómoda que había pasado tiempos mejores. Shi limpió el rasguño de su carne con agua medianamente limpia de una palangana. Dejó el ensangrentado paño en el agua, que se tornó rojiza, y comenzó a envolver la herida con las tiras de gasa. No era tan profunda como para necesitar costura.

—¡Atentos! ¡Ahí vuelven esos bastardos! —advirtió Amos.

Tanto él como Jonathan, abrieron fuego de inmediato. Los Jinetes Nocturnos volvían a por un segundo asalto, intentando aplastar la inesperada resistencia. A estas alturas, y con el atronador escándalo de las numerosas detonaciones, ya deberían haber llegado las fuerzas de la ley. Pero Jonathan temía que ni estaban ni se les esperaba; Amos en cambio, lo sabía a ciencia cierta. Nadie iba a venir a ayudarles, y eso inflamaba aún más la rabia que bullía en su interior.
 
 

La batalla era intensa, los Jinetes Nocturnos disparaban con todo lo que tenían. Por fortuna el frontis de la casa era más recio de lo que aparentaba y aguantaron sin problema la granizada de plomo. Estaban en un empate a la mexicana. Los jinetes eran más, pero la posición defensiva les brindaba una excelente protección. La acción se estancó, ya que ninguno de los bandos estaba en condición de avanzar. Aún en esas condiciones, los Jinetes Nocturnos se negaban a retirarse. Continuaron disparando unos minutos más.

De pronto, Jonathan pudo ver un fogonazo desde una ventana al otro lado de la calle. Uno de los Jinetes Nocturnos resultó herido. Unos segundos más tarde, un nuevo disparo brotó de otra de las cabañas, y poco después se fueron sumando varios más. Al poco comenzaron a llover proyectiles sobre los asaltantes enmascarados desde todas las direcciones. No tuvieron más opción que retirarse definitivamente.

Todos suspiraron de alivio al ver las siluetas de los jinetes alejándose con el rabo entre las piernas. No hubo grito de victoria ni celebración, había demasiados cadáveres por las calles para celebrar nada. Lentamente comenzaron a salir los primeros vecinos. Lo primero era dar un descanso digno a sus fallecidos, así que de inmediato empezaron a recuperar los cuerpos sin vida de sus seres queridos.

—Dios santo, es un auténtico infierno —comentó Jonathan mirando la horrenda escena.

Nadie pudo rebatirle su aseveración.

—Se está desatando el caos en la ciudad y nosotros seguimos igual de perdidos que al principio —volvió a decir Jonathan.

—Sabemos que hay alguna fuerza oscura detrás de todo esto —le recordó Shi Kwei.

—Eso no soluciona nada. No tenemos ni una pista.

—Quizás deberíamos volver a hablar con Zardi —recomendó Amos.

Jonathan McIntire negó con la cabeza.

—¿Para qué? No tenemos nada concreto que contarle —dijo Jonathan frustrado.

El ruido de unos golpes en la puerta interrumpió la conversación. Jonathan cogió su revólver y cubrió a su compañero. Mientras éste se acercaba a la entrada.

—¿Quién es? —preguntó Amos.

—¡Abre de una vez! Soy Germaine.

Amos abrió la puerta y vio al primo de Marguerite, llevaba a Rosalie cogida en sus brazos.

—¿Qué hacen este blanco y esta china en mi casa? —preguntó Germaine al entrar en la casa.

—Este blanco y esta china han conseguido echar a los Jinetes Nocturnos de nuestro barrio. Muestra al menos un poco de respeto —respondió Amos seco y cortante.

—¡Bah! Da igual, no voy a dejar que nada me amargue la alegría —dijo Germaine mostrando sus blancos dientes en una amplia sonrisa.

Marguerite, que había oído la voz de su primo, se levantó y apareció en la pequeña sala con los ojos llorosos.

—¿Como está Rosalie? —preguntó la hermosa mulata.

Germaine continuó unos segundos con su sonrisa bobalicona, luego bajó a Rosalie, que quedó en pie mirando fijamente a Marguerite, también con una gran sonrisa en su rostro.

—Dios mío. Dijeron que no volverías a andar —dijo con lágrimas de felicidad que se desbordaban de sus ojos negros.

—¡Es un milagro! —dijo Germaine.

Marguerite corrió a fundirse en un profundo abrazo con su prima.

Shi Kwei salió de la habitación tras Marguerite y quedó esperando en el hueco del dintel. Cuando sus ojos se posaron sobre Rosalie, sus manos se fueron de manera automática a desenfundar las dos espadas de plata que llevaba al cinto, ocultas bajo sus ropas.
Fotograma de Kung-Fu y los 7 Vampiros de Oro
 

Jonathan se fijó en el movimiento de la china y se puso de inmediato en alerta. Había aprendido a respetar los instintos de la muchacha. Jamás desenfundaba a menos que hubiese una amenaza sobrenatural en las cercanías. La joven era una máquina de combate, pero era también incapaz de causar daño de manera intencionada a otro semejante, si no era para defenderse. Jonathan miró a Rosalie con nuevos ojos y comprendió. Su piel tenía un tono ceniciento, el que pudiera volver a andar no era obra de un milagro, más bien se trataba de lo contrario.

Rosalie era una vampira.

Jonathan intentó apuntar hacia ella, pero aún seguía abrazada a su prima Marguerite y no tenía un tiro claro. Amos se dio cuenta de la extraña actitud de sus dos compañeros.

—¿Qué demonios estáis haciendo? —preguntó extrañado.

—Si hablas de demonios deberías preguntarle a Rosalie, ahora es uno de ellos —dijo McIntire con frialdad.

Amos no tardó mucho en comprenderlo, y cuando lo hizo, se le formó un enorme nudo en el estómago. Quedó paralizado sin saber qué hacer.

Marguerite se dio la vuelta, protegiendo a su prima. Ella no entendía nada, al igual que su primo Germaine y el pequeño Pete.

—¿De qué habla ese hombre, Amos? —le preguntó con voz temblorosa.

Amos no supo qué decir.

Germaine desenfundó su vieja pistola y apuntó a McIntire.

—No sé qué cojones está pasando aquí. Pero nadie va a tocar un pelo a mi hermana. Casi la perdemos y no voy a permitir que nos la arrebaten de nuevo —amenazó Germaine a los cazadores.

—Ya has perdido a tu hermana. Eso que ves ahí es solo su cuerpo. Un ser oscuro y malvado la ha poseído. No queda nada de la persona que conocías —le explicó Shi Kwei.

—Venga Amos, haz algo para detener esta locura —le exigió Germaine, ignorando a Shi.

Marguerite comenzó a retroceder hacia la pared, cubriendo siempre a su prima con su cuerpo. Rosalie estaba cubierta de un sudor frío. Las emociones hicieron que se despertara el hambre. Era una agonía insoportable, un frío insondable alojado en su estómago. Sus ahora desarrollados sentidos llevaron a sus fosas nasales el delicioso aroma de la sangre, que provenía de la herida del brazo de Shi. Si quedaba algún resto de humanidad en ella, desapareció por completo cuando una cortina roja enturbió su vista. La bestia de su interior la impulsaba a alimentarse con verdadera ansia.
Fotograma de la serie True Blood
 
 
No pudo evitar fijar la vista en el cuello de Marguerite. El leve olor a sudor, la suave piel y las palpitantes venas y arterias que latían bajo ella, la atraían sin remedio. Lenta e inconscientemente se fue acercando al cuello de Marguerite, ajena a todo cuanto sucedía a su alrededor. Podía distinguir con total claridad los diminutos agujeros de los poros de la piel. Abrió la boca como en un trance y sus colmillos empezaron a brotar de sus encías, como si fueran las garras de un felino. Con un rugido animal clavó sus afilados dientes en la carne, haciendo surgir la sangre.

—¡No! ¡Suéltala, engendro del infierno! —gritó Amos.

Tanto él como Jonathan trataban de encañonar a Rosalie, pero el monstruo en el que se había convertido agitaba el cuerpo de Marguerite, del mismo modo que un mastín sacudiría a su presa. Germaine estaba fuera de sí, sin saber qué hacer. Shi Kwei le arrancó el arma de sus manos con una certera patada. En el estado de pánico en que se hallaba podía acabar hiriendo a alguien, o hiriéndose él mismo.

La desesperación se apoderó de Amos, quería salvar a Marguerite pero no podía hacer nada. Jonathan trataba de buscar un hueco por donde poder colar un disparo. No había manera humana posible, la criatura se movía demasiado rápido y usaba a Marguerite como escudo humano. Lo reducido del espacio en el que se movían favorecía también a la vampira. Shi Kwei tampoco podía maniobrar para acercarse. Era particularmente repugnante tener que escuchar el ruido que hacía Rosalie al sorber la sangre, que se escapaba a borbotones del desgarrado cuello de Marguerite.

Quizás la ingestión de sangre aplacó la ferocidad de la bestia y Jonathan disparó. El tiro impactó en la clavícula de Rosalie, astillando el hueso y causando graves destrozos en su cuerpo. La vampira se deshizo de Marguerite, lanzándola con una fuerza tan asombrosa que la hizo atravesar el tabique de madera que separaba la sala de la única habitación. Amos disparó su escopeta a bocajarro, sin pausa tiró de la palanca de su escopeta Winchester y descerrajó un nuevo tiro. Jonathan se unió al baño de plomo. Amartillando el revólver con la palma de su mano y le vació todo el cargador encima.

La vampira trataba de regenerar sus heridas, pero no tenía tiempo material porque su cuerpo era atravesado continuamente por balas y postas. Cuando ya no quedaban proyectiles por disparar, Shi Kwei saltó sobre lo que había sido Rosalie y, sin darle tiempo a recuperarse, cortó la cabeza del monstruo de un único y poderoso tajo de sus espadas cortas de plata. La herida de aquellas armas era incurable para los vampiros.

Amos se apresuró para llegar hasta donde estaba Marguerite. No había nada que pudiera hacerse por ella. Si las horrendas heridas de su cuello no habían acabado con su vida, lo habría hecho el tremendo impacto que le había roto un buen montón de huesos de su cuerpo. El cazador de piel de ébano se volvió hacia Germaine, se acercó hasta él y le agarró por el cuello.

—Tú vas a venir conmigo. Tienes muchas cosas que explicar —dijo con los ojos ardiendo de furia.

Jonathan McIntire le hizo un amargo recordatorio.

—Espera, hay algo de lo que tenemos que ocuparnos antes —señaló al cadáver de Marguerite.

—No —dijo espantado Amos.

—No podemos arriesgarnos a que regrese como muerto viviente —le recordó Shi Kwei.

Amos agachó la cabeza y se llevó a rastras a Germaine hasta la salida de la casa. No tenía fuerza suficiente para ver como Shi Kwei decapitaba a Marguerite.

 

 
Continuará…

 

 

 

Escrito por Raúl Montesdeoca 

 

 

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