martes, 8 de diciembre de 2015

Weird West: Caminante de la Piel cap. 7

 
 
 
 
 
Weird West: Caminante de la piel Cap. 7
Escrito por J.r. Del Rio
VII
 
VII
Uno de los salvajes, que había llegado a hacerse con el rifle antes de retroceder, devolvió el fuego. El otro rodeó la hoguera, agazapado, ya más animal que hombre, armado con un cuchillo que movía en círculos. Huxley retrocedió unos pasos, buscando cobertura y disparando a la vez. Curtis no reparó en el renegado del cuchillo hasta que lo tuvo prácticamente encima. Disparó el rifle dos veces, impactando en el torso de su atacante, que se sacudió pero no detuvo la carga. Parecía presa de un frenesí similar a la rabia: sus ojos brillaban, echaba espumarajos por la boca y, aún con dos balas en el cuerpo, llegó hasta él. Consiguió clavarle el cuchillo a Curtis en el bajo vientre y rajarlo luego hasta el cuello, muriendo al mismo tiempo que mataba.
—¡Curtis! —gritó Huxley, viéndolo caer. Otra bala le pasó demasiado cerca, arrancándole la gorra. Puso rodilla en tierra, apuntó y acertó en la frente del último renegado; volándole la mitad del cráneo.
Murió el eco del disparo, al que siguió un sonido que le puso los pelos de punta. Un aullido resonó en el valle bañado por la luna; un sonido bestial que no podía brotar de una garganta humana.
Cuchillo Rojo ya era un gigante por mérito propio, pero ahora Billy lo veía crecer delante de sus ojos. Ensancharse y estirarse, mientras gruesas cerdas negras brotaban traspasando la piel y la espalda se encorvaba hasta volverse un lomo. Las piernas eran ahora patas, flexionadas en un ángulo distinto al de los hombres; los brazos, largos como los de un gran simio, llegaban al suelo y acababan en unas manazas armadas con uñas como cuchillos. Agachó la cabeza y, cuando volvió a alzarla, Billy vio el rostro convertido en morro, al que ya habían empezado a crecerle los colmillos. Las orejas eran grandes y acabadas en punta, elevándose por encima del cráneo achatado.
Desarmado y consciente de no tener nada con qué combatir, retrocedió mientras la bestia, el caminante de la piel, se arrancaba los últimos retazos de pellejo humano que lo cubrían. Alzó hacia el cielo, hacia la luna llena, sus fauces babeantes y prorrumpió en un espantoso aullido de victoria, capaz de helar la sangre del más resuelto.
—Gran Espíritu… —Fue todo lo que el joven llegó a farfullar; después tuvo que saltar hacia atrás, para eludir una dentellada que estuvo a un pelo de arrancarle la cabeza.
A los colmillos siguieron las garras, y Billy debió hurtar el cuerpo, agacharse y arrojarse al suelo, llevándose unos cuantos rasguños en los hombros. Rodó y se incorporó a tiempo de esquivar otro zarpazo, pero no llegó a evitar del todo el siguiente, que lo desgarró largo y profundo a lo largo de la espalda. Se le nubló la vista y cayó de bruces, traspasado por un dolor lacerante.
Tendido en el suelo, Billy sintió el fétido hálito de la bestia sobre sobre él, junto con el goteo de su saliva ardiente. Lo sabía allí, inclinado sobre él y preparando el mordisco fatal.
—¡Muere, monstruo! —El grito, lastimoso y magnífico en su patetismo, salió de boca del teniente Chance quien, sacando fuerzas sólo él sabía dónde, arremetió contra la bestia. Abrazado al grueso cogote con el muñón que era su brazo derecho, empuñaba en la mano izquierda un cuchillo indio, con el que apuñaló con saña—. ¡Esto es por mis hombres!
Clavó repetidamente la hoja en la monstruosa faz, en el hocico y en uno de los ojos, vaciándolo. La bestia se irguió con un bramido de dolor, acosada también por una súbita descarga de plomo proveniente del rifle de Huxley, que avanzaba disparando. En el suelo, Billy empezó a reptar, buscando distanciarse de la lucha, una de la que se retiraba humillado y vencido.
—He fallado, abuelo —murmuró, con los ojos cerrados—. He fallado, y todos vamos a morir…
Un aliento agradablemente cálido, que olía a hierbas, sopló entonces sobre su mejilla. A éste siguió el familiar contacto del hocico húmedo, y Billy abrió los ojos para encontrarse con «Viento», su fiel potro. Su lealtad había probado ser más fuerte que el miedo, y allí estaba ahora, de nuevo junto a su jinete, intentando reanimarlo.
—«Viento» —dijo, los ojos empañados por lágrimas de gratitud—. No podías abandonarme, ¿verdad?
Logró incorporarse asido a sus crines. La herida de su espalda parecía palpitar, quemarlo por dentro, pero la visión del asta que colgaba sujeta a los arreos le devolvió las fuerzas, recordándole que no todo estaba perdido. Desató los nudos y empuñó la lanza con las dos manos, después de quitar la funda y desnudar la punta resplandeciente: una lágrima de plata bajo la luz de la luna.
—¡Suéltelo, teniente! —pidió Huxley, que había cesado el fuego por miedo a herirlo, pues Chance permanecía colgado del cuello de la bestia, que hasta el momento no conseguía quitárselo de encima.
—¡Dispare, sargento! ¡No se preocupe por mí! —gritó éste— ¡Es una orden!
Y fue la última que dio. No había conseguido malherir al monstruo, pero bien que lo había molestado y éste, furioso, lo sujetó por un brazo y una pierna. De tal modo lo alzó en vilo; para luego partirlo en dos.
El corpachón del teniente Chance se deshizo en una explosión de sangre y vísceras. La bestia dejó caer las mitades y se encaró con el sargento. Había vuelto a crecerle el ojo, que brillaba junto al otro con un fulgor demoníaco.
Huxley se cagó en todo lo que pudo recordar mientras abría fuego con el Winchester. Las balas golpearon a la bestia sin lograr detener su avance, apenas retrasándolo un poco. Disparó hasta volver a vaciar el rifle. Entonces lo desechó y desenfundó el Colt, con el que siguió tiroteándolo. La bestia no se detuvo.
«¡Clic!», fue el sonido, fatídico, que siguió a la sexta detonación. Frente a él, la bestia parecía sonreír, relamerse las fauces para el festín. Huxley sintió el impulso de darse la vuelta y echar a correr, pero supo que no llegaría a ningún lugar. Era el fin  —no en el campo de batalla que había imaginado, o en el apacible lecho de vejez que hubiera deseado— sino allí, entre los colmillos de una bestia que no debía existir.
Con un grito de guerra que se impuso al sordo gruñir de la criatura, Billy regresó al combate. Lo hizo empuñando la lanza de su abuelo, cuya punta de plata capturó un destello de luna llena antes de clavarse en el peludo costado. Esta vez sí, oyeron a la bestia aullar del dolor. Del verdadero. La herida que abrió la lanza sangraba a chorros y humeaba al mismo tiempo: el argénteo metal le quemaba la carne. Billy supo, con satisfacción, que era una herida que Cuchillo Rojo no podría sanar.
—¡Caminante de la piel! —exclamó en la lengua de sus ancestros— ¡Regresa a la tierra de las sombras!
Retorció la lanza en la herida, agrandándola todo lo que pudo antes de arrancarla de un tirón y volver a clavarla, de abajo hacia arriba, en el cuello. La punta traspasó pelaje y músculo como si fuese barro, la sangre brotó en un surtidor ardiente que empapó a Billy. La bestia cayó de espaldas, arañando el aire con las zarpas. Mientras lo hacía, se fue haciendo más pequeña, el negro pelaje retrayéndose hasta desaparecer, y revelando a un hombre desnudo. Y bien muerto.
El joven piel roja desclavó la lanza del cadáver y se apoyó en ella, a duras penas capaz de mantenerse en pie. Huxley se acercó para ayudarlo a llegar hasta los caballos.
—Se acabó —murmuró Billy.
Y una voz profunda le respondió desde las sombras:
—Eso crees tú, Ciervo Ágil. Habrás matado a una bestia, pero la que habita en tu interior sólo acaba de despertar.
¿Fin?
Dedicado a Ezequiel, quien tuvo la idea del relato en primer lugar.
Te amo, hijo, y espero que —cuando tengas la edad para leer las locuras de tu padre—, te guste el resultado de esta historia de «vaqueros contra el hombre lobo» que tú mismo sugeriste.
La colección de Weird West, se puede adquirir aquí:

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