martes, 17 de noviembre de 2015

Weird West: Caminante de la Piel Cap. 4


 
 
 
 
 
Weird West: Caminante de la piel Cap. 4

Escrito por J.r. Del Rio
IV
 
 
—¡Arre!
Huxley y Curtis se separaron abruptamente de la columna, dirigiéndose a toda velocidad hacia la espesa arboleda donde, minutos atrás, se habían internado los cuatro renegados. Y desde allí los vieron aparecer, a pie y rifles en mano, con sus rostros feroces asomando entre la espesura.
—¡Cuidado! —Huxley disparó el Winchester desde la silla y una de las cuatro caras explotó en sangre. Los otros tres renegados devolvieron el fuego y los soldados hicieron que sus monturas se separasen, pero una de las balas atravesó el cuello del caballo de Curtis. Mortalmente herida, la bestia se desplomó de lado, aprisionando al jinete y dejándolo expuesto a los enemigos que se acercaban.
El sargento desmontó sin llegar a frenar del todo y volvió a disparar. Curtis se le unió, desde el suelo y con medio cuerpo bajo el caballo muerto. Uno de los renegados cayó, con al menos tres balas en el torso. Huxley avanzó disparando; la palanca del Winchester bajaba y subía en su mano, accionada con frenesí. Otro dio un salto hacia atrás al recibir el plomo candente en las entrañas, pero con un rugido bestial se recompuso y siguió avanzando sin que el sargento pudiese dar crédito a sus ojos. Llegó a abrir fuego una vez más y el disparo hizo volar la hierba junto al cuerpo de Curtis; luego otro disparo de Huxley hizo que le saltase la tapa de los sesos. El cuarto renegado se dio a la fuga y el sargento le disparó, pero falló por muy poco: la bala se incrustó en un tronco mientras su blanco desaparecía en la espesura.
—¡Mierda! —No podían dejar a ninguno atrás, no con vida—. Regresaré. Espérame aquí. —Y se internó en el bosque, detrás del renegado.
Curtis se quedó ahí, luchando por liberar su pie del estribo y salir de debajo del caballo muerto.
—«Espérame aquí»… ¿Y a dónde podría ir? ¡Joder!
El aire azotaba el rostro de Billy y hacía ondear sus cabellos como un negro estandarte. El potro galopaba como nunca antes lo había hecho; él iba de pie sobre los estribos y doblado sobre el cuello de la bestia, a la que susurraba palabras de aliento en su lengua nativa. Palabras de poder para alejar el cansancio de los músculos e insuflar coraje en el corazón. Palabras aprendidas de Serpiente Sabia, el chamán, su abuelo; cuya voz todavía resonaba con insistencia entre las sienes del joven, recordándole su misión:
«Cuchillo Rojo alguna vez fue un bravo guerrero, digno de respeto. Pero durante el invierno que pasó en las montañas, Corre con Lobos le hizo abrazar la oscuridad. A él y a los suyos, pero a él más que a nadie.»
Por eso estaba allí, por eso había acudido ante el sargento, ofreciéndose como voluntario para esa expedición.
«En medio del frío y la desolación, el brujo los moldeó a su retorcido antojo. Les hizo romper el tabú, les hizo comer la carne prohibida, llevándolos por el camino del pa•psa’lo, de la bestia voraz que se nutre de sus hermanos. Pero con Cuchillo Rojo fue más allá.»
Y ahora que se encontraba tan cerca de su objetivo, no podía dejar de escuchar a Serpiente Sabia. El severo eco de la voz que se colaba en sus recuerdos.
«Corre con Lobos le hizo salir en búsqueda de su wé•yekin, su espíritu guardián, para que le diera fuerza en la batalla. Pero en su lugar ató su alma a la de un espíritu maligno, una criatura de la tierra de las sombras. Ahora, él es un Caminante de la Piel, un cambia-formas, una aberración. Y debe ser destruido.»
Billy tampoco podía arrancarse la duda que llevaba clavada en el pecho como una insidiosa espina. ¿Estaría él a la altura de la misión que tenía por delante?
La llanura se había estrechado; ahora era un paso flanqueado por las primeras estribaciones de las sierras. Los soldados habían quedado atrás y tardarían un rato en darle alcance. Tanto mejor. Billy confiaba en la protección del Gran Espíritu y en la poderosa medicina que su abuelo le había dado antes de partir; la que llevaba sujeta a sus arreos, esperando el momento de ser utilizada.
Pasó del galope a un trote acelerado y se desvió allí donde el paso se angostaba aún más, volviéndose tortuoso el sendero. Avanzó, cada vez más lentamente, serpenteando entre rocas y árboles resecos de troncos grises, y ramas retorcidas como viejas zarpas artríticas, nutridos de la misma corrupción que manchaba esas tierras. Y Una corrupción que el joven, aunque todavía no tan sabio ni tan sensible al mundo de los espíritus como su abuelo, ya era capaz de percibir en todo su ser. Iba con las riendas en una mano y el rifle en la otra, los sentidos alerta y el cuerpo en tensión, como un arco listo para ser disparado.
Frente a él, una monstruosa talla en madera se erguía situada a un lado de la senda. Un mojón para señalar el límite entre el dominio de los hombres y el de aquellas cosas que iban más allá del simple entendimiento. Lo coronaba una terrible cabeza de lobo tallada con espantoso realismo, con las fauces abiertas y los pintados ojos inyectados en sangre. En torno a su base se amontonaban las ofrendas: cráneos y huesos humanos sobre los que podían verse marcas de dientes, algunos demasiado pequeños para haber pertenecido a hombres adultos. Billy apretó los suyos propios hasta hacerlos crujir; su mano izquierda dejó las riendas y acarició instintivamente el amuleto que le colgaba del cuello.
—Gran Espíritu…
Entonces reparó en el redoble lejano, que había empezado unos minutos atrás e iba haciéndose más y más audible. Música de tambores, acompañada de cánticos feroces, como el aullido hambriento de los lobos en una noche de invierno. Los ojos de la talla permanecían fijos en él, siguiéndole con la mirada conforme se iba acercando. Ya todo era irreal, como en un sueño de esos que en cualquier momento pueden trocar en pesadilla. Y los tambores seguían sonando —¿o era su propio corazón el que le martilleaba frenético contra las costillas?— mientras se le erizaba el vello de la nuca y un sudor frío le cubría la piel. La talla estaba cada vez más cerca, la cabeza de lobo era cada vez más real, parecía capaz de cobrar vida y atacarlo en cuanto pasara junto a ella… El caballo debió percibir lo mismo, pues se negó a seguir avanzando.
 —Tranquilo, «Viento». Calma, compañero… —susurró. Pero esta vez sus palabras no bastaron para tranquilizar al animal, que estaba aterrorizado. Hollaba inquieto la tierra con los cascos y corcoveaba hasta que, al final, a unas escasas dos yardas de la efigie tallada, soltó un relincho, se alzó violentamente sobre las patas traseras y derribó a su dueño.
Billy cayó y rodó con agilidad sobre su espalda, pero el caballo se dio la vuelta y emprendió la fuga mucho antes de que él pudiese hacer nada por detenerlo. Los cánticos y tambores sonaban cada vez con mayor intensidad y, cuando quiso salir en busca del caballo, se percató de algo más: la niebla que, al principio, culebreaba fantasmal entre sus piernas, pero que ahora había comenzado a alzarse y a volverse más y más espesa.
La niebla ya había caído entre las sierras como una mortaja fantasmal cuando el teniente Chance y sus hombres se internaron en el paso. El oficial montaba al frente, con Baker en el flanco izquierdo y Colorado y Rawlins, que compartían montura, siguiéndolos desde varias yardas de rezago. Sobre ellos, el cielo se oscurecía a velocidad de vértigo, como si el sol tuviese prisa por hundirse en el horizonte.
—¡Alto! —Chance tiró de las riendas y la yegua se detuvo, resoplando aliviada. El animal presentía el peligro acechante en la niebla, que iba mucho más allá de partirse una pata en el terreno, cada vez más escabroso. Baker se detuvo tras Chance y, unos momentos más tarde, los otros dos se les unieron.
—Esto tiene toda la pinta de una emboscada, teniente —dijo Colorado, que observaba con desconfianza el angosto tramo que tenían por delante, ceñido por las irregulares paredes de piedra e inundado por la neblina—. ¿Y dónde se ha metido nuestro scout?
—¡Ese sucio indio cobarde nos ha abandonado! —escupió con desprecio Baker, junto con una espesa mezcolanza de tabaco y saliva. Pero Chance negó lentamente.
—Nos ha traído a una emboscada. —No hubo variaciones en el tono de voz del teniente, pero contrajo las poderosas mandíbulas y los ojos se estrecharon hasta volverse dos rendijas—. Nunca debimos confiar en un salvaje.
—¿É aeos aoa, eor?
Chance y Baker miraron extrañados al recluta.
—¿Qué?
—Que qué hacemos ahora —tradujo Colorado—. Se mordió la lengua al caer del caballo…
—Ya me di cuenta, soldado —lo interrumpió Chance, que volvió a observar al interior del paso, escrutando la niebla, intentando traspasarla con su la mirada. Tras una pausa dijo: —Vamos a avanzar.
—¿Sabiendo que es una emboscada? —el trampero de las Rocosas no parecía entusiasmado con la idea, pero Chance esbozó una mueca feroz.
—No será una emboscada si la estamos esperando. Y no voy a regresar a Fort Cooke sin la cabellera de Cuchillo Rojo y las de sus renegados. ¡En marcha, señores!
Y se internaron en el paso a través de la niebla que todo lo cubría. Y al hacerlo, creyeron oír el lejano redoblar de unos tambores.
 
Continuará...

 

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